Fundamentalismo y Pragmatismo. La Cuestión Ideológica

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Artículo de Juan Manuel Olarieta publicado originalmente en Área Crítica en 1990.

“Indudablemente, los demócratas creen en las trompetas, cuyos toques habían derribado las murallas de Jericó. Y cuantas veces se enfrentan con las murallas del despotismo, intentan repetir el milagro” (Carlos Marx)

En la reciente [1990] reunión del Comité Central del PCUS, Gorbachov calificaba de “fundamentalistas” a los que pretendían perseverar en lo que él llamó “viejos errores”, a los que se atrincheraban en las ideas de siempre, que él supone ya gastadas, plagadas de fracasos y reñidas con la realidad, o quizá mejor, con el “realismo”.

Por su parte, Anguita sostenía lo mismo con otras palabras, también en la última reunión del Comité Central del PCE. Venía a decir que sólo existe aquello que es racional: más o menos aquella frase que se atribuye a Hegel en defensa del absolutismo prusiano: “Todo lo real es racional y todo lo racional es real”. En términos castizos: “No hay más cera que la que arde”. Hay que dejarse de sueños e ilusiones y atenerse a lo que hay, a lo que verdaderamente existe.

Hace años se decía que todo aquello que desborda la realidad era utopía: no existía y -lo que es peor- nunca existiría. El socialismo utópico estaba desacreditado, pero en beneficio de una forma de socialismo calificado -ni más ni menos- que de científico. Hoy nadie es utópico y al científico se le tacha de fundamentalista, porque verdadera ciencia -dicen- no hay más que a la hora de estudiar la naturaleza. En cuestiones sociales y políticas hay que ser práctico, tecnócrata, moverse por cálculos utilitarios y no por principios o máximas, que solo existen en la religión, en el dogma.

Vamos a tratar de ver cómo, en realidad, lo que constittuye religión pura y simple es este nuevo pragmatismo, tan en boga en todos los ámbitos políticos, ya que si bien antes se reducía a una forma de pensamiento político propio y característico de la derecha, hoy ha contagiado a la izquierda, incluso a los más fervientes y viejos revisionistas. Y vamos a ver también cómo ese pragmatismo es, además, pese a todo su prurito laico, una de las peores y más burgas formas de religión.

La “paz” de Westfalia

En 1648 la “paz” de Westfalia puso fin en Europa a treinta años de guerras religiosas con las que se trató de frenar el avance del protestantismo, o quizá mejor habría que decir, del capitalismo. El tratado coincidió temporalmente con la revolución inglesa, impulsada precisamente por los puritanos, una variante del protestantismo inglés. En Westfalia se establecieron dos principios básicos en materia religiosa: que los reyes tenían competencia para establecer la religión de sus paises respectivos, y que solo serían reconocidas tres religiones: la luterana, la calvinista y la católica.

En realidad las cosas fueron bastante más lejos, porque el protestantismo significó el declive de la religión (de todas las religiones) en Europa, por varias razones. Entre otras, su idea de “sacerdocio universal” hacía de cada creyente un intérprete del dogma y, en consecuencia, inició una diáspora de corrientes, tendencias y movimientos, dogmáticos cada uno de ellos pero anti-dogmáticos en su conjunto. Inició la separación entre la Iglesia -reformada- y el Estado -burgués- lo que constituía un suicidio, porque ninguna teología podía sobrevivir separada -y por tanto no apoyada- políticamente.

La Iglesia no había sido más que una especie de Estado cuando el Estado no existía como tal, tras la caída del Imperio Romano, y la teología, un sucedáneo de las ideologías políticas: dogma cuando provenía de la clase dominante y herejía cuando se trataba de la clase dominada. En cada lucha contra la herejía no había -generalmente- más que represión de un movimiento popular. Así ha venido sucediendo hasta que la filosofía y la política adquirieron su mayoría de edad y se independizaron de todo ropaje bíblico, lo que históricamente coincide con el avance del protestantismo, que no fue más que un repliegue de la religión hacia el mundo privado, de la conciencia, dejando a las ideologías políticas su propio terreno. Pero lo dejaron abonado de escepticismo, de agnosticismo: tanto en teología como en ideología, los protestantes introdujeron la duda, el anti-dogmatismo, la incertidumbre permanente. Al final, la teoría cede en beneficio de la práctica, la teología en beneficio de la ingeniería y el escolasticismo en beneficio del empirismo. El mundo pasa a dividirse en dos campos: los dogmáticos y los escépticos, los fundamentalistas y los relativistas, los fanáticos y los tolerantes. Por supuesto, “nosotros” lo europeos, los “occidentales” somos los de “mente abierta”; lo de los demás es eso: fundamentalismo, un calificativo con pretensiones despectivas al que se trata de asociar lo peor de la intolerancia religiosa (fanatismo, oscurantismo, barbarie, violencia, etc.).

O r t o d o x i a

El término “fundamentalista” viene a suceder a aquel otro también denostado de “ortodoxo” y al más viejo aún de “sectario”. Hasta hace bien poco se podía ser, en efecto, heterodoxo; es decir, se podían profesar determinadas opiniones y creencias siempre que no coincidieran exactamente con las de otro, sobre todo si ese otro había muerto hace años, porque entonces se caía en el pecado de “ortodoxia”. Había que seguir pero discrepar; coger algo y criticar otro poco; tomar de aquí y de allí; cristianos por el socialismo; un poco de Marx, otro poco de Freud; una pizca de Keynes y otra de Marshall; media de anarquismo y otra media de ecologismo.

Se trataba del imperio del sincretismo, de la mezcla, del baile eterno de distintas ideologías que nunca llegan a acostarse juntas. Pero había algo: incoherentes, contradictorias y confusas, esas corrientes ofrecían proposiciones positivas. Ahora ya -casi- nadie se atreve a proponer nada por estos lares, ni bueno ni malo ni regular; todos están a la defensiva, a criticar lo que los “ortodoxos” y “fundamentalistas” proponen, para luego llamarles eso precisamente: ortodoxos y fundamentalistas. Pero eso ya lo saben los propios fundamentalistas.

Hoy predomina el vacío ideológico más espantoso; nadie se atreve ya a dar alternativas, a proponer programas, a convocar a nada; todo suena utópico e inútil. Pretenden que no seamos protagonistas sino espectadores, que observemos los sucesos con frialdad, desde la lejanía. Se puede opinar, comentar y hasta criticar, pero siempre que se trate de lo ajeno, de aquello en lo que no se interviene ni participa. Y los acontecimientos se deben analizar tal y como el periodista o el fotógrafo nos presentan la realidad: en la distancia, como árbitros imparciales.

Tal actitud deriva, como decía Lenin, de la posición clasista de los intelectuales en el capitalismo los cuales “ocupan una posición peculiar entre las otras clases, perteneciendo en parte a la burguesía por sus relaciones, por sus concepciones, etc., y en parte a los obreros asalariados, ya que el capitalismo, a medida que va privando a los intelectuales de su posición independiente, los transforma en asalariados dependientes y amenaza con rebajar su nivel de vida. Esta situación de transición, inestable, contradictoria de la capa social que examinamos, se refleja en el hecho de que en su seno se propagan más ampliamente esas concepciones indecisas, eclécticas, esa mescolanza de principios y criterios contradictorios; esa aspiración a elevarse a los dominios de la retórica y a esfumar con bellas frases los conflictos que enfrentran a los grupos históricos de la población” (Obras Completas, tomo IV, pg.205).

Hoy quedas desacreditado como juez si te conviertes en parte, o sea, si participas. Así que debes renunciar a intervenir para poder opinar. Especialmente si lo que propones se sale de los cánones de lo establecido, o no concuerda con el modo de operar unitario.

Todo esto agravado, además, por el hecho de que “hay que ser” demócrata, aceptar, admitir y no salirse de las pautas de la “mayoría”. No importa lo que esa “mayoría” proponga, exija o decida: independientemente de ello, hay que hacer lo que esa “mayoría” resuelva. Tampoco importa cómo se forme esa “mayoría”; se supone que todo funciona automáticamente, que la opinión “mayoritaria” se reúne y se forma espontáneamente, que nadie es capaz de influirla, condicionarla o manipularla en su propio interés. Esa “mayoría” no es más que el mercado (o mejor, el supermercado) de las opiniones, creencias e ideologías en su libre y espontáneo desenvolvimiento. En lo político no hay monopolios: cada hombre tiene un voto. Nadie está en posesión de la verdad absoluta -dicen- por lo que hay que sumar las “medias verdades” de cada uno para poder decidir.

P r a g m a t i s m o

El “cretinismo parlamentario” que de tales ideas deriva es una pelicular enfermedad cuyos estragos no datan de ahora, sino que se remontan a 1848; Marx en su “18 de Brumario” lo definió como “una enfermedad que aprisiona como por encantamiento a los contagiados en un mundo imaginario, privándoles de todo sentido, de toda memoria, de toda compresión del rudo mundo exterior”.

A los posesos de dicha enfermedad todo les parece neutro, aséptico y funcional. El pragmatismo se convierte en la filosofía de esa “mayoría”. Pero el pragmatismo es la filosofía más estúpida que se ha inventado; es la única que ha tenido su origen en los Estados Unidos y fue elaborada por piadosos protestantes. Es la “filosofía de la praxis” pero sin filosofía. No aporta ninguna solución positiva a nada, carece de soluciones o iniciativas novedosas: trata simplemente de convencernos de que la “democracia” y la “mayoría” son como una botella vacía que se puede llenar con cualquier líquido. No hay democracia burguesa, ni democracia popular, ni democracia parlamentaria, ni democracia cristiana. La democracia -según ellos- carece de adjetivos.

Ese mismo relativismo es el que trata de imponer la burguesía hoy por todas partes. No se puede ser creyente ni ateo; hay que se agnóstico porque de lo contrario te tachan de fundamentalista, de teólogo, cuando son quienes así piensan los que no son capaces de salir de la teología, o mejor quizá, de una determinada forma de teología, aquella que impuso la burguesía hace cuatrocientos años, la de la reforma protestante. Fue el calvinismo quien rompió la teocracia medieval, separó la Iglesia -presbiteriana- del Estado -burgués- sobre la base de dos claves: la Iglesia -protestante- carece de organización y jerarquía; es sólo doctrina y dogma; el Estado -capitalista- es sólo organización y jerarquía: carece de doctrina y dogma.

Este Estado burgués calvinista no sólo admite todas las creencias, opiniones e ideologías, sino que, además, es “neutral” ante ellas, tolerante, abierto y no intervencionista: aconfesal en lo religioso, neutral en lo ideológico y abstencionista en lo económico. Tan aséptico como la máquina de vapor de Watt.

Quisiera, no obstante, hacer una salvedad que juzgo intersante. Me referiré a un piadoso calvinista inglés, padre y teórico del moderno Estado burgués, John Locke, quien en su “Carta sobre la tolerancia” dejó escritos cuáles eran los límites de esa tolerancia burguesa: “No deben ser de ninguna forma tolerados -y cito literalmente- quienes niegan la existencia de Dios. Las promesas, convenios y juramentos, que son los lazos de la sociedad humana, no pueden tener poder sobre un ateo. Prescinir de Dios, aunque sólo sea de pensamiento, disuelve todo”.

Los modernos intelectuales agnósticos, objetivos, escépticos y fríos no son más que la correa de transmisión, los portavoces de la ideología oficial del Estado burgués: calvinistas empedernidos, vamos. Naturales como el Estado; pragmáticos como el gobierno; asépticos como el comentarista de un partido de “cricket”; vacíos como una botella de “whisky” escocés presbiteriano; cínicos, en fin, como el luterano que piensa que se salvará no por sus obras, sino por su sola fe. La teología protestante, como la de nuestros intelectuales, se singulariza por la predestinación ¿para que tratar de cambiar el mundo que está “condenado” a ser como es, o sea, capitalista? Así convierten la cultura en el nuevo “opio del pueblo”.

Esos intelectuales son, igual que el Estado burgués, indiscutiblemente demócratas, partidarios de “lo que diga la mayoría”, encadenados siempre a su palabra favorita: “depende”. El invento de la democracia -palabra aborrecida hasta entonces- fue obra de otro ginebrino, Rousseau, seguramente vecino de Calvino y tan neutral como él, como la mismísima Suiza, su Cruz Roja y sus cuentas bancarias numeradas; tan mecánicos y objetivo como sus relojes de precisión.

Rousseau, sin embargo, sólo parcialmente redujo los problemas y discusiones políticas a términos cuantitativos y homogeneos: “cada hombre un voto y a sumar” es algo que sólo después han tratado de imponer. Pero incluso algo tan sencillo como eso envuelve una contradicción insoluble: sólo se pueden sumar cantidades homogéneas; la democracia y las “mayorías” no se basan en la pluralidad, en la diversidad, en la heterogeneidad, sino en todo lo contrario.

La construcción del Estado burgués se lleva a cabo sobre la base de la uniformidad a la que se denomina nación que no es más que la burguesía como clase y de la que se excluyen a todos los demás grupos sociales, incluso mediante el exterminio. Burke (irlandés, de padre protestante y madre católica) la definía como una unidad orgánica de rangos ordenados. La concepción burguesa de la nación como unidad, uniformidad y homogeneidad no sólo excluye, por supuesto, al proletariado, sino que además es lo que da lugar precisamente a las diversas, “cuestiones nacionales”, a la opresión de las naciones minorizadas que comienza a producirse ya en los mismos orígenes del capitalismo. Así sucedió en Estados Unidos con los indios, en Alemania con los judíos o en España con los moriscos. Se perseguía una homologación cultural, religiosa, social y nacional. El “Estado representativo” de la burguesía no representa a todos, ni mucho menos, sino solo a unos pocos. Un filósofo tan querido por la burguesía como Kant decía que los trabajadores, por ejemplo, no eran personas, sino sólo peones de la sociedad que, por ello mismo, no podían votar en las elecciones. Nos han repetido hasta la saciedad aquello de que “todos navegamos en el mismo barco” cuando, en realidad, unos viajaban en primera, otros fregaban la cubierta y sólo unos pocos se instalaban en la cabina de mando.

D e m o c r a c i a

Pluralismo y democracia son, pues, términos opuestos. No pueden votar los obreros con sus patronos; los carceleros con sus presos; los alumnos con sus profesores; los insumisos con sus generales; los verdugos con sus víctimas. Para poder votar hay que tener los mismos intereses, las mismas necesidades: hay que pertenecer al mismo grupo, al mismo cuerpo social.

Rosseau decía que no bastaba que las leyes fueran expresión de la “voluntad general” sino que, además, debían estar destinadas al “bien común”. No puede haber voluntad general ni intereses comunes entre clases, grupos y colectivos opuestos y enfrentados. Lo que normalmente se califica hoy de “mayoría” no es realidad tal mayoría, sino precisamente una minoría oligárquica economicamente dominante. Quien se atiene al criterio de esa “mayoría” no hace más que seguir la política de la burguesía; quien acata esa “mayoría” está esclavizado por la burguesía.

Ni la democracia ni la mayoría tienen nada que ver con lo que ahora existe. No reflejan la voluntad mayoritaria ni se ejercen en interés de la mayoría. La burguesía sólo concedió el sufragio universal cuando pudo formar “mayorías” a medida de sus intereses, cuando fue capaz de conseguir que las elecciones hicieran de una minoría real una mayoría aparente.

Los mecanismos a través de los cuales se obtiene una mutación de esas características son muy variados y prolijos. Hoy una infinita gama de mecanismos que van desde el terror puro y simple hasta la intoxicación ideológica más sutil y refinada. Hoy no es difícil para el Estado de los monopolios recabar en cada momento la “mayoría” justa que necesita. Dispone del ejército, de la banca, de los medios de comunicación, de la ley electoral, de los partidos y de un largo etcétera de herramientas suficientes como para colocar la etiqueta democrática de un día para otro al despotismo más exagerado.

Y todo esto porque el Estado -según los calvinistas- es neutral y apolítico: un día está al servicio de una dictadura feroz y corrupta, y al día siguiente es un servicial gestor de los intereses de la “mayoría”; un día la policia te tortura y al siguiente te indica gentilmente una calle. Si hay dictadura es por culpa de una minoría; si hya democracia es reflejo de la mayoría. En las dictaduras la minoría aplasta a la mayoría; en las democracias, la mayoría respeta a las minorías. En las dictaduras la minoría es siempre minoritaria; en la democracia la mayoría puede transformarse en minoría, y viceversa.

El carácter fraudulento de esa forma de agnosticismo político no puede ser más descarado. Una mayoría no puede ser siempre más que mayoritaria: los órganos políticos deben expresar sus intereses y la gestión pública debe hacerse en su favor. Si no sucede de esa forma lo que hay que cambiar no es la mayoría, no hay que hacer de la minoría la mayoría, sino cambiar el sistema político.

Hoy la mayoría es la clase obrera: la única democracia posible es la que exprese la voluntad de los trabajadores y la única política la que defienda los intereses de esta clase. No basta que un diputado sea elegido por los trabajadores, sino que debe actuar en cada momento en pro de sus aspiraciones. En consecuencia, debe poder ser revocado por quienes le votaron si no promueve las necesidades de sus votantes. No bastan elecciones periódicas: hay que participar consciente y activamente en las decisiones y en la gestión pública. Si la democracia tiene hoy sentido no es más que ese exactamente, y es todo lo contrario de lo que nos rodea.

El diluvio universal

El sistema político así configurado no es relativista ni neutral; tiene un contenido clasista, un dogma, una doctrina, un rumbo: el de desaparecer. Eso significa, al mismo tiempo, una resistencia de su contrario, presupone necesariamente un antagonista, un oponente. La teología no era más que una divinización de la política; y a la inversa. Desde siempre los análisis políticos y teológicos revistieron un aspecto dialéctico; hay cielo o infierno, burgueses y proletarios, buenos y malos, reaccionarios y revolucionarios; virtud y pecado. La lucha de clases era el fondo; la teología proporcionaba la forma, el argumento: legitimaba la represión de unos, lo mismo que la sublevación de los otros. Los príncipes luteranos alemanes aplastaron en el siglo XVI la sublevación campesina de Thomas Müntzer en nombre de la lucha contra la herejía anabaptista. ¿Acaso vaciló el mismísimo Dios en inundar la tierra, ahogando a todos los pecadores y salvando sólo a Noé y a su familia?, ¿Acaso no incendió Sodoma y Gomorra para acabar con todos sus engolfados pobladores?

Es inconcebible pretender analizar cualquier fenómeno social sin comprender el antagonismo que envuelve. Calvino envió a Servet a la hoguera, pero éste hubiera hecho lo mismo con Calvino: la unidad o la trinidad de Dios no podían resolverla de otra manera, no cabían votaciones, “mayorías”, “democracias” ni parlamentos. Si los cistercienses hacian del Estado -feudal- el “brazo armado” de la Iglesia -romana- los luteranos invirtieron los términos: los sacerdotes no eran más que funcionarios del Estado, su “brazo ideológico”, idea ésta que fue la que finalmente se impuso, incluso en los Estados católicos, hasta que finalmente tan distinguidos funcionarios fueron relevados por otros más eficaces: la policía, los militares y los recaudadores de impuestos.

Fueron los protestantes, pues, quienes convirtieron a los ministros de Dios en ministros del gobierno burgués. Reirnos del Islam y criticar sus normas y costumbres cuando no somos capaces de evaluar críticamente nuestra propia historia, me parece un “intolerable” ejercicio de petulancia. Eso de cortar la mano por determinados delitos, no solamente no es privativo de los países musulmanes, sino que aparece en el Fuero de Vizcaya (teóricamente vigente según la actual Constitución) y fue Kant quien justificó la “ley de talión”; la blasfemia todavía es delito en España; los repertorios de jurisprudencia aún enseñan cómo nuestro Tribunal Supremo declaraba en 1974 procedente el despido de un maestro que en sus enseñanzas no tenía en cuenta la providencia divina; y el “Jefe del Estado” venía nombrando a los obispos con el beneplácito de Roma hasta hace bien poco. Entonces, ¿de qué podemos vanagloriarnos?, ¿Habrá que recordar que en esta España “democrática”, lo mismo que en los Estados Unidos, aún existen los capellanes castrenses?, ¿No es la reina de Inglatera al tiempo la jefa de la iglesia de su país?, ¿No nos dicen los medios de comunicación que lo del Ulster es una guerra entre católicos y protestantes? Todas las constituciones monárquicas europeas han declarado “sagrada” la persona del rey, incluída la de alguien como Alfonso XIII. Y tampoco queda tan lejos la imagen del Papa bendiciendo los cañones que Mussolini enviaba a conquistar Abisinia.

Es más: todos los modernos Estados nacionales europeos son construcciones influenciadas por el cisma religioso iniciado por los protestantes y en base precisamente a sus principios políticos. Las propias lenguas nacionales fueron desarrolladas contra el latín papista; la predicación en el lenguaje popular vernáculo es una idea básica de los protestantes. Lutero y Calvino están considerados entre los forjadores de los idiomas alemán y francés respectivamente. “La traducción que Lutero hizo de la Biblia -escribió Hegel- ha sido de un valor inapreciable para el pueblo alemán. Este ha recibido en ella un libro nacional, como no lo tiene nación alguna del mundo católico. Las naciones católicas tienen un sinnúmero de libritos de oraciones; pero no un libro fundamental para el adoctrinamiento del pueblo”. En Euskadi sabemos que nuestro idioma escrito hasta hace bien pocos años consistía en devocionarios, misales y salmos religiosos. Que Sabino Arana, nuestro padre fundador (tanto del nacionalismo como del idioma vasco), establece la ecuación “euskaldun = fededun” (vasco = creyente) y que el ideario “jelkide” (nacionalista) no es otro que “Jaungoikoa eta lege zaharrak” (Dios y leyes viejas).

La religión era el opio del pueblo; su función fue siempre recabar e imponer disciplina a los trabajadores en beneficio de las clases dominantes. Los mayores peligros para la religión han derivado siempre de las revoluciones, de las sublevaciones populares, porque demostraban el fracaso y la ineficacia de la función sacerdotal, el divorcio entre el pueblo y el púlpito. El protestantismo fue la cuna que acabó rompiendo el monopolio ideológico de la Iglesia, de todas las Iglesias cristianas. Es por ello que desde su aparición, el Estado burgués ha tenido que ir recambiando a los predicadores religiosos por otros nuevos predicadores; los intelectuales, esos nuevos funcionarios escépticos y cínicos, esos plumíferos que dicen “pasar” de todo, especialmente de “mullahs”, de “ayatollahs” y de “guerras santas”. En realidad no pasan de nada: no podrían pasar sin el sueldo que les viene del Estado. Porque ellos mismos no son más sacerdotes secularizados; porque su dogma es el relativismo, el pragmatismo, el escepticismo, el servilismo -en fin- hacia sus amos, hacia quienes les pagan.

La Guerra Santa

Vivimos actualmente en una época revolucionaria, de profunda crisis (económica, política, cultural, religiosa, moral, etc.) de modo que, igual que en todas las épocas históricas de cambio acelerado, las masas se aproximan a todas aquellas ideologías que necesitan para orientar y justificar su lucha. Y si en los países de influencia protestante, que son todos los occidentales, esa ideología reviste una apariencia laica, en aquellos otros, como los musulmanes, reviste apariencias religiosas, fundamentalistas. El auge del chiísmo no es más que un esfuerzo del Islam por no caer derrotado frenta al escepticismo occidentalizante (protestante), por no quedar relegado a un estéril y agonizante “opio del pueblo”. Que un agnóstico “socialista” como Sadam Hussein invoque a Dios en su guerra por Kuwait después de ocho años de guerra contra el fundamentalismo del régimen iraní, es un giro de lo más importante, ilustrativo del rumbo de los acontecimientos en el mundo musulmán.

A falta de otros recursos ideológicos, la teología islámica -como todas las teologías- es capaz de proporcionar lo necesario para captar el ánimo de los musulmanes de un bando y de otro, lo mismo que la Biblia servía en Inglaterra tanto a los episcopalianos del arzobispo Laudo como a los presbiterianos del reverendo Knox o a los puritanos de Thomas Cartwright. Entre nosotros: la polémica sobre si la Guerra del Golfo [1990] ha sido una guerra justa o injusta, no ha sido más que una discusión teológica, una vieja discusión en términos teológicos, que incluso Lenin utilizó para referirse a la Primera Guerra Mundial como guerra “injusta”, o sea, “imperialista”. Que alguien trate de calificarla como “santa” no es más que otra forma de hablar de lo mismo. El problema consiste en discutir precisamente si es o no “santa”. La tropa que Cromwell reclutaba por las tabernas para hacer la revolución -burguesa- en Inglaterra acabó transformándose en “el ejército de los santos”, al que también se le llamó “ironside” (costilla de hierro) porque jamás se rendía: hoy los llamarían fanáticos y fundamentalistas, pero fueron los forjadores de Inglaterra.

El carácter belicoso de la teología brota por todos los poros. El evangelio de San Mateo (26,51) como el de San Lucas (22,47) cuentan que al ir a detener a Jesús cuando rezaba en el huerto de los Olivos, algunos de sus seguidores pretendieron evitarlo sacando sus espadas, hasta el punto de que llegaron a cortar la orreja de un ayudante del Sumo Sacerdote (San Juan 18, 10): no cabe duda, pues, de que se trataba de una organización armada. En otro apartado, el evangelio de San Lucas cuenta (22,36) cómo Jesús recomendaba a sus seguidores que lo vendieran todo y compraran armas, porque iban a ser perseguidos y debían defenderse.

Las guerras de religión del siglo XVII fueron la expresión más clara de ese intento de resolver los problemas políticos a cañonazos: “La existencia de los protestantes -recurrimos otra vez a Hegel- no podía asegurarse sin lucha en ninguna parte, pues se trataba no de la conciencia como tal, sino del poder político y propiedad privada que los protestantes habían tomado contra los derechos de la Iglesia y que ésta reclamaba”.

Las diferencias con la ideología secular actual son evidentes; el intelectual tolerante de nuestros días carece de ideas propias y, por tanto, no está dispuesto a luchar por ellas, a sacrificarse; el fundamentalista está convencido y, pese a padecer tortura y cárcel no cede; por el contrario, la misma práctica, el mismo choque de sus ideas con la realidad y con el antagonista, o le hacen cambiar o se las confirman cada vez con mayor rotundidad. El escéptico no quiere verificar sus ideas; dice que él no es el mesías y que no quiere imponer su forma de pensar a los demás; no puede contrastar su pensamiento, de manera que es siempre errático. Por contra, el fundamentalista acaba transformando en ciencia sus convicciones: solo los fundamentalistas han triunfado en la historia porque sólo ellos han estado dispuestos a luchar, a batirse en la “guerra santa”.

La clave no es más que esa: la práctica. Las teorías y las teologías se esfuman cuando se enfrentan al “rudo mundo exterior” y se tienen que transformar en ciencia. Y la ciencia no está sólo para interpretar el mundo, sino para modificarlo. En contra de lo que los pragmáticos pretenden, solo hay verdaderas ideas cuando el pensamiento tiene relación con la realidad y pretende cambiarla. Eso no sólo no es utopía, sino auténtica ciencia: socialismo científico.

Que esa modificación requiera violencia no depende más que del oponente, del que pretende seguir beneficiándose de lo existente, de lo real. Según Hegel, “el pensamiento se ha convertido en violencia allí donde lo positivo que tenía enfrente era violencia”.

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