Estado y Mercado en el sector de la Industria Nuclear

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Juan Manuel Olarieta

El terremoto de Fukushima frustró una de las campañas mediáticas más impactantes de los últimos años en favor de la energía nuclear, cuyo objetivo era poner el asunto en el orden del día de las próximas elecciones generales. Estaba todo dispuesto, incluida la subida del precio del petróleo que convertiría en barata (además de limpia) a la energía nuclear. Desde 2001 los grandes monopolios eléctricos, seguidos por su coro de monaguillos, del que forman parte sujetos de la calaña de Felipe González o Fidalgo, presionan cada vez con más intensidad para la construcción de nuevas centrales nucleares. La esencia de la campaña consiste en transmitir la idea de que la construcción de una central nuclear está prohibida en España, e incluso de que esa prohibición se debe a razones ecológicas.

Esto es falso. Quien quiera construir una central no tiene más que pedir autorización y empezar a echar hormigón al suelo. Lo que sucede es que nadie ha querido levantar ninguna central desde hace 30 años y nadie ha pedido ninguna autorización desde entonces para hacerlo. Si las centrales nucleares son tan rentables y limpias y no hay ninguna prohibición legal, ¿por qué no se ha construido ninguna desde hace décadas? ¿por qué a los monopolios eléctricos no les ha interesado construir centrales nucleares?

El desarrollo de la industria nuclear es un fenómeno complejo que expresa todas las contradicciones del capitalismo contemporáneo:

a) se impulsa a partir de 1945 como parte integrante de la política agresiva y militarista de las grandes potencias imperialistas durante la guerra fría

b) constituye un vertiginoso avance del conocimiento científico, es decir, de las fuerzas productivas

c) ese avance entra en contradicción con los límites impuestos por las relaciones de producción capitalistas

El uso civil de la energía nuclear fue consecuencia de la transformación del capitalismo en su fase más avanzada, en la que predominan los monopolios y en la que el Estado interviene de una manera protagonista. En las derivaciones civiles de la política nuclear confluyen numerosos factores, incluidos los militares y estratégicos, porque no se puede separar a la energía nuclear del hegemonismo rampante de Estados Unidos durante la guerra fría, como tampoco de la diplomacia imperialista y, naturalmente, del Estado. Por eso los rasgos que caracterizan a la política nuclear son los mismos en todos los países imperialistas:

a) el secretismo y la falta de transparencia característicos de los proyectos militares, que se transfieren a la industria nuclear civil

b) las dificultades económicas con las que se encontró el sector desde el primer momento, atado a las ubres generosas del Estado y las subvenciones públicas

La industria nuclear siempre ha sido un subproducto del armamento nuclear y, por consiguiente, tiene más que ver con el Estado que con el mercado. De los 56 reactores nucleares actualmente en construcción en el mundo, 50 están promovidos por empresas públicas y sólo 6 por capitalistas particulares que, además, están a su vez protegidos y subvencionados por el Estado.

Si en 1945 los imperialistas lanzaron dos bombas nucleares sobre la población civil indefensa en Japón, en 1953 el general-presidente Eisenhower lanzaba su famosa consigna: átomos para la paz. Era una consecuencia de los átomos para la guerra, contribuía a abaratar los costos del armamento nuclear con economías de escala. La energía nuclear valía para lo militar y lo civil, para la guerra y para la paz. Con el uso “pacífico” de la energía nuclear el mundo quedó definitivamente nuclearizado. En esas condiciones no tiene sentido hablar de la supuesta rentabilidad económica de las distintas fuentes de energía, ni tampoco comparar costes de una u otra.

En los países imperialistas la política energética, en general, y la nuclear, en particular, como ya observó Lenin, tienen un carácter estratégico, es decir, tienen un ojo puesto en la guerra. Con ella las potencias imperialistas persiguen:

a) asegurarse las fuentes de abastecimiento repartiéndose el mundo en esferas de influencia

b) diversificar los distintos tipos de energía, combinando todas ellas e impulsando el desarrollo tecnológico de nuevas fuentes de energía (“renovables”, nuclear, térmicas, etc.)

c) diversificar las importaciones para reducir la dependencia de los países en los que están esas fuentes (OPEP, Rusia) y, en ocasiones, reforzar la autarquía

d) diversificar permite, a su vez, estabilizar los precios, hacerlos previsibles, y, además, abaratarlos

Lo nuclear es tan estratégico como los hidrocarburos. La naturaleza estratégica del petróleo explica algunas paradojas actuales de la diplomacia internacional, como el hecho de que países productores de petróleo, como Irán o Venezuela, pretendan construir centrales nucleares a pesar de que disponen de abundante combustible, más que suficiente para su uso interno. Pero en las condiciones del imperialismo no es suficiente con disponer de petróleo abundante sino que es necesario diversificar sus fuentes, es decir, tener recursos energéticos variados. Sólo los países con abundantes y variados recursos energéticos pueden mantener una política propia en la política internacional, lo cual es hoy característico de dos tipos de países: las grandes potencias imperialistas y los países independientes que tratan de tomar sus propias decisiones sin someterse a los anteriores.

Aquellos países que no cuentan con fuentes energéticas diversificadas tienen que agachar la cabeza e incorporarse a alguno de los bloques que comandan las potencias imperialistas, ponerse bajo su abrigo. Los segundos, países como Irán o Corea, herederos de la tradición diplomática de los no alineados, están bajo permanente sospecha, forman el “eje del mal”: son acusados de ser países cerrados, aislados, nacionalistas y de estar fuera de la “comunidad” internacional, poco “dóciles” en suma. En su obstinado propósito de dotarse de plantas de fabricación de energía nuclear parece esconderse algún propósito agresivo hacia sus vecinos.

Es el doble rasero con el que Estados Unidos maneja la política nuclear en el mundo. Cuando se trata de Corea o Irán, el eje del mal pone en peligro la paz mundial. No sucede lo mismo en otros casos. A comienzos de 2010 Obama aprobaba un acuerdo nuclear con los Emiratos Árabes Unidos, diciendo que promovía la defensa y la seguridad en Oriente Medio.

Por lo tanto, en la actualidad para comprender el núcleo de la política energética hay que explicar tres hechos: primero, los motivos por los cuales hasta 1980 se construyeron tantas centrales nucleares; segundo, los motivos por los cuales aquellos proyectos faraónicos se paralizaron y, finalmente, por qué vuelven hoy. A estos efectos, España es un ejemplo tan bueno como cualquier otro que se pueda poner.

La posguerra fue una etapa de rápida acumulación de capital y, por lo tanto, de grandes necesidades de consumo energético, que hasta 1973 crecieron a un 9 por ciento anual, patrocinando proyectos desaforados de construcción de gigantescos generadores nucleares, materializados en España en planes energéticos descabellados, como el de 1978-1987, que estaban anticuados antes de ser aprobados.

Como cualquier intento de planificación económica capitalista, los proyectos nucleares resultaron un fiasco en España lo mismo que en todo el mundo. La denominada crisis del petróleo de 1973 demostró la fragilidad del imperialismo frente a una política concertada de los países árabes productores y la OPEP. No sólo se dispararon los precios de suministro, generando inflación y una enorme inestabilidad en los mercados, sino que el propio suministro de combustible corrió peligro. La demanda cayó espectacularmente y los monopolios eléctricos se encontraron ante una situación compleja:

a) una crisis de superproducción, enorme exceso de capacidad productiva instalada o proyectada sin posibilidad de salida

b) un incremento de los tipos de interés: las deudas que habían contraído los monopolios eléctricos para financiar la construcción de las centrales nucleares resultaron impagables

c) en España, una caída adicional de la cotización de la peseta frente al dólar, que era la divisa en la que estaban contraídas aquellas deudas, llevó a los monopolios eléctricos a la bancarrota

d) esa bancarrota no se consumó porque el Estado avaló las deudas de los monopolios eléctricos españoles frente al capital financiero internacional

Ante esta situación, el primer gobierno del PSOE salió al rescate de los monopolios eléctricos ante la perspectiva de su bancarrota económica, acordando en 1984:

a) asumir públicamente el pago de sus cuantiosas deudas privadas

b) transferir dicho pago a los trabajadores mediante un recargo en la tarifa eléctrica

c) imponer el llamado parón o moratoria nuclear

Por lo tanto, desde el principio, desde 1984, la política nuclear del PSOE no tuvo nada que ver con la defensa de la ecología ni con problemas de seguridad, reales o posibles, de las centrales sino con la manifestación más clara y evidente de lo que es una crisis del capitalismo: la superproducción, en este caso la superproducción eléctrica. El PSOE sorteó la previsible crisis de superproducción eléctrica mediante un ajuste del aumento de la oferta al descenso en el ritmo de crecimiento de la demanda, con las siguientes características:

a) no cerró ninguna de las tres instalaciones nucleares que ya estaban entonces en funcionamiento

b) siguió adelante con la construcción de centrales como Trillo, Almaraz, Ascó y Cofrentes, hasta un total de siete

c) detuvo la construcción de Lemóniz I y II, Valdecaballeros I y II y Trillo II y otras 12 en fase de proyecto

En el colmo del delirio y la improvisación, durante la transición España había planificado construir hasta 39 centrales nucleares, de las que sólo 10 se llegaron finalmente a poner en marcha. De las 10 centrales construidas, tres se cerraron antes de 1984 y siete después del parón nuclear de 1984. De esas diez actualmente hay 8 en funcionamiento porque:

a) la central nuclear de Vandellós I sufrió un incendio en 1989 que destruyó parte de las instalaciones y tuvo que ser cerrada definitivamente en 1990

b) la central nuclear de Zorita fue clausurada en 2006 por su peligrosidad.

Dentro del total de producción eléctrica, el peso de la energía nuclear quedó en unos 7.500 MW, unos 5.000 menos de los previstos en el plan de 1978-1987. Es una buena muestra del fracaso de la planificación capitalista. En 1997 el gobierno del PP liberalizó el mercado de generación eléctrica y, sin embargo, insisto, ninguna monopolios eléctrico ha solicitado una autorización para construir una central nuclear. En Estados Unidos sólo una se ha autorizado en febrero del año pasado, algo insólito desde hace décadas. ¿Por qué? La pregunta es tanto más necesaria si tenemos en cuenta que desde 2001 resurge la campaña pro-nuclear, sostenida por los poderosos monopolios eléctricos en base a las siguientes falsedades:

a) la moratoria nuclear la impuso el PSOE mediante una decisión “política” contraria a los intereses “económicos” privados de los monopolios eléctricos

b) esa decisión se impuso por razones ecológicas, de seguridad, residuos, etc.

c) el Estado compensa esa imposición “política” a los monopolios con una subida artificial de los precios en la factura eléctrica

c) hay que derogar esa moratoria

d) hay nuevos modelos de reactores nucleares más avanzados y, además, más seguros y limpios

e) importamos energía de Francia que tiene más de 70 reactores nucleares

Es todo mentira de arriba abajo. En esta campaña de apoyo a las nucleares está destacando uno de los mayores farsantes de la historia contemporánea de este país: Felipe González, que fue quien firmó la moratoria en 1984 y ahora pide su “derogación”. Por ese motivo le han nombrado “asesor” a sueldo de uno de los más grandes monopolios eléctricos. Pero no hay nada que derogar: cualquier monopolio eléctrico -repito- puede pedir autorización y construir su propia central nuclear (porque cualquier gobierno se la va a conceder).

En contra del mafioso Felipe González, dentro del mismo PSOE Zapatero se manifestó en contra de la construcción de nuevas centrales nucleares y en julio de 2009 no autorizó la prórroga de funcionamiento de la central de Garoña (Burgos). No es que Zapatero apostara por las “renovables”; son los monopolios eléctricos los que ya han apostado por ellas porque España puede convertirse -en parte ya lo es- en un país puntero en el sector, en el que dominan los propios monopolios eléctricos. Con energía nuclear, con térmicas o con “renovables”, los grandes monopolios son los mismos y esos monopolios son los que han optado por las renovables; Zapatero hace lo que ellos le dicen.

Por este lado no hay ningún cambio. ¿Dónde están las claves? En que desde el punto de vista militar España no va a poder jugar nunca sus propias bazas en la diplomacia mundial porque no es una potencia con aspiraciones hegemónicas; es una potencia de segunda fila que siempre estará al remolque de alguien, de alguna potencia imperialista mayor que le de sombra. Como subproducto del armamento nuclear, las centrales nucleares no pueden dar nada a España porque son una fuente de energía para aquellos países que quieren hablar con voz propia ante el mundo, no para los segundones.

Por el contrario, las renovables sí pueden poner a España, como Estado, en el convoy cabecero de la producción de energía. La tecnología puede ofrecer a España lo que la economía (y por tanto la milicia) jamás le va a proporcionar: independencia, seguridad de abastecimiento y tecnología propia.

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