En Ucrania y Georgia Estados Unidos teje una tela de araña en torno a Rusia

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Juan Manuel Olarieta

En lo que concierne a los países del otro lado del Telón de Acero, lo mismo que en otras políticas imperialistas, habitualmente se vincula a la Unión Europea con Estados Unidos como si se tratara de una actuación coordinada, lo cual es un error promovido -en parte- por el hecho de que Estados Unidos apoya la asociación de esos países con la Unión Europea.

Pero no hay una única política entre los diferentes países de la Unión Europea, alguno de los cuales ni siquiera tiene posiciones definidas. Por su parte, Estados Unidos se concentra en sacar a los países del este de la influencia de Rusia, para lo cual, además de dirigir un golpe de Estado tras otro, ha adoptado dos tipos fundamentales de medidas: su aproximación a la OTAN y su asociación a la Unión Europea.

En la Unión Europea han abundado las declaraciones de apoyo al golpe de Estado en Kiev cuya responsabilidad, sin embargo, corresponde en exclusiva a Estados Unidos, lo cual es obvio, además, en el intento de instalar el escudo antimisiles sobre suelo ucraniano, lo mismo que sobre otros países de Europa oriental, como Polonia y Chequia.

También parece claro que Ucrania se ha visto ante el dilema de optar por una asociación aduanera con Rusia o con la UE, lo que da la impresión de intereses contradictorios de Rusia con la UE, y especialmente con Alemania. Es otro error característico que procede de suponer que la  Unión Europea pretende la incorporación de Ucrania como socio de pleno derecho, cuando se trata sólo de la denominada Asociación Oriental.

La Asociación Oriental es un programa que forma parte de la Política Europea de Vecindad, que comprende también al Mediterráneo. Fue aprobado por la Unión Europea en 2009 a propuesta de Polonia para buscar un acercamiento con los países del este de Europa. Ucrania y los países del este son un puesto de avanzada que Europa quiere mantener en calma para impedir avalanchas de refugiados. Es más parecido a Ceuta y Melilla y a la políticas migratorias europeas que a cualquier otra cosa.

Con el tiempo las antiguas repúblicas del otro lado del Telón de Acero, especialmente Bielorrusia, Moldavia, Ucrania, Azerbaián, Armenia y Georgia han ido decantando sus opciones. Bielorrusia y Armenia pasaron a formar parte de la Unión Aduanera con Rusia y prácticamente ya no mantienen relaciones con la Unión Europea. Georgia, por el contrario, aceptó el acuerdo de asociación, lo mismo que Moldavia.

La perla del proyecto, Ucrania, adoptó una posición sinuosa. Primero dijo que sí y luego -en noviembre del año pasado- que no. El diario Le Soir de Bruselas dijo entonces que la Asociación Oriental había quedado “en estado de muerte clínica” y que Moscú había ganado la batalla. Fue la excusa para que Estados Unidos preparara el golpe de Estado.

En setiembre del pasado año Putin dijo que el Kremlin no pretendía incorporar a Ucrania a la Unión Aduanera que integran Rusia, Kazajistán y Bielorrusia. En diciembre añadió, además, que no se oponía al acuerdo de asociación entre Ucrania y la Unión Europea. Sin embargo aclaró que si como consecuencia del ingreso en la Unión Europea los aranceles se reducían en Ucrania, entonces en ese país penetrarían mercancías europeas baratas y Rusia debería poner barreras proteccionistas a la importaciones ucranianas.

¿Hablaba Putin con la boca pequeña? No. ¿Existía alguna contradicción entre la asociación de Ucrania con la Unión Europea y los intereses de Rusia? Tampoco. El antiguo primer ministro ucraniano, Nikolai Azarov, dijo en setiembre que el acuerdo de su país con la UE no impedía la cooperación entre Ucrania y la Unión Aduanera integrada por Rusia, Kazajistán y Bielorrusia.

Sin embargo, Ucrania parecía dudar o, al menos, hacer encaje de bolillos. Se lo recordó Bruselas al advertir que la economía de Ucrania era muy dependiente de Rusia y que, por lo tanto, no podía crear una zona de libre comercio con ellos y, al mismo tiempo, con terceros países, en referencia a Rusia. Lo mismo sostuvo el antiguo primer ministro italiano, Romano Prodi. Fuela Unión Europea quien puso a Ucrania entre la espada y la pared.

En Washington el imperialismo lo que pretende es abrir un corredor entre la Unión Europea y Rusia, lo mismo que ya abrió otro en el Cáucaso, donde en 2003 organizó un golpe de Estado en Georgia (“La revolución de las rosas”) y cuatro años después una guerra contra Rusia para lograr lo que el III Reich no logró con la Batalla de Stalingrado: acceder al petróleo de Bakú. El oleoducto BTC (Bakú, Tbilisi y Ceyhan) es otra obra faraónica que desde 2006 traza una frontera que va del Caspio y al Mediterráneo marcada por las guerras de Chechenia, Abjasia, Osetia del sur y Nagorno-Karabag. El oleoducto se inicia en Azerbaián y pasa por Georgia, dejando a Armenia a un costado, y no sólo no transporta petróleo ruso sino que es un competidor directo y una alternativa al petróleo ruso.

Este oleoducto explica que, a diferencia de Ucrania, Georgia haya aceptado la asociación con la Unión Europea, que enviara 2.000 soldados a invadir Irak, que pretenda ingresar en la OTAN, que sea el beneficiario de la mayor parte de la ayuda militar del Pentágno a los países que formaron parte de la antigua URSS y que sobre su suelo vaya a instalarse el escudo antimisiles.

Si tuviéramos memoria histórica recordaríamos las promesas del ya olvidado Jim Baker, secretario de Estado en los tiempos de la caída de la URSS: la OTAN no avanzaría “ni una sola pulgada” hacia el este. Lo mismo que los soviéticos, los rusos y demás pueblos del viejo Telón de Acero se tragaron entonces los cantos de sirena del Pentágono uno detrás de otro.

Les costó reaccionar y para evitarlo Estados Unidos no sólo ha reorientado las políticas de los países que forman parte de los corredores sino que ha desencadenado guerras y golpes de Estado para poner a sus perros falderos al frente de ellos, personal de su más plena confianza, al viejo estilo de Lech Walesa y Vaclav Havel. De ahí que en Ucrania los neonazis hayan aparecido en primer plano. Siempre fueron los peones de Gladio al otro lado del Telón de Acero.

Tras la “revolución de las rosas” a Shevarnadze, un secuaz de Gorbachov, le sustituyó Saakashvili, que había estudiado en la Universidad de Columbia y en la de George Washington. Como es natural, Saakashvili apoyó a los nazis ucranianos de Maidan aunque en realidad les devolvía un favor: en 2008 esos mismos nazis estuvieron integrados en la guerra de Georgia contra Rusia.

Pero Saakashvili perdió las elecciones hace un año y los nuevos dirigentes georgianos miran a Rusia con otros ojos, por lo que a James Clapper, jefe del espionaje estadounidense, le ha faltado tiempo para denunciar nuevos “riesgos de inestabilidad política”. Aparte de los espías, nadie se ha enterado de este nuevo giro de tuerca en el Cáucaso. Es una pena, decía el periodico polaco Gazeta Wyborcza, porque en Georgia las banderas de la Unión Europea ondean en todos los edificios. Pero a la Unión Europea no le interesa Georgia: bastante tiene con sus propios problemas como para interesarse por los de los vecinos. “La Asociación Oriental ha encallado”, concluye el periodico polaco.

Simplemente la Unión Europea no tiene -ni puede tener- una política común hacia los antiguos países del este de Europa.

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