El Sustrato Ideológico del Ébola

resizer

 

Juan Manuel Olarieta

En 1948, en una exposición clásica de historia de la medicina, Erwin H.Ackerknecht sostuvo que detrás de las distintas teorías del siglo XIX sobre las enfermedades infecciosas había un sustrato ideológico (1). El silogismo es sencillo: dado que el Ébola es una de esas enfermedades contagiosas, detrás hay un sustrato ideológico. En toda la avalancha histérica sobre el Ébola eso es lo que ha quedado enterrado.

¿Qué sustrato es el que no aparece? Como siempre, para buscarlo hay que recurrir a la historia, al materialismo histórico. Entonces encontramos que en el siglo XIX la expansión colonial causó un giro decisivo en la historia de la medicina. Hasta ese momento la medicina explicaba las enfermedades contagiosas recurriendo a la teoría mismática, mientras que a partir de entonces se impuso la teoría microbiana, cuyos representantes más conocidos son Koch y Pasteur. Esta última es la única que actualmente conoce la medicina, es decir, que es la ideología dominante.

El origen de la teoría miasmática está Hipócrates, es decir, es una teoría milenaria, mientras que la otra apenas tiene 100 años. La vieja teoría no admite el contagio sino en situaciones excepcionales, explicando la difusión de la enfermedad a causa de compartir el mismo medio ambiente: un colectivo de personas enferman simultáneamente porque comen lo mismo, beben lo mismo y respiran lo mismo. Es una teoría compleja, ya que además tiene en cuenta otros factores, como la capacidad de reacción del organismo, es decir, el sistema inmunitario (las llamadas “defensas”). Los microbios no son la causa sino la consecuencia de un organismo enfermo y se incuban porque el ambiente está podrido: aire contaminado, aguas fecales, desnutrición, explotación laboral, viviendas miserables, humedad, etc.

Por el contrario, la teoría microbiana le da la vuelta a la causalidad: los microbios son la única causa de al enfermedad y se transmiten de unas personas a otras de forma exponencial, provocando las epidemias.

Es en esa controversia en donde, según Ackerknecht, hay un sustrato ideológico. En el siglo XIX la teoría microbiana era característica de los países más reaccionarios del centro y este de Europa, mientras que las tesis miasmáticas eran propias de los reformadores y revolucionarios. La lucha ideológica no sólo se entabló dentro de la ciencia sino que, en definitiva, era una lucha de la libertad contra el despotismo. Pues bien, hoy se puede decir que el despotismo se ha impuesto en todos los sentidos posibles, es decir, no sólo dentro de la medicina.

El Ébola es un ejemplo bien claro. La salud ya no es una relación personal del enfermo con su médico sino que se convierte en política sanitaria, en decisiones burocráticas (“protocolos”) cuya adopción tiene en cuenta aspectos que poco tienen que ver con el cuidado de la salud de las personas. Las enfermedades prevalecen sobre los enfermos. La política sanitaria es una parte de la política a secas, por lo que, como cualquier otra política, está sobordinada al capital.

El cólera, por ejemplo, es una enfermedad relacionada con la expansión colonial, los grandes viajes interoceánicos y las míseras condiciones de vida y trabajo de las masas oprimidas del Tercer Mundo. El interés de los médicos británicos por aquella enfermedad en la India no era la atención a la población sino a las tropas y los caballos, que quedaban diezmados por las llamadas “infecciones” más que por la represión de las sublevaciones indígenas. Para preservar su fuerza militar la política colonial de sanidad se fundamentaba en la buena alimentación, agua limpia, aire puro, descanso, cuarteles higiénicos y ropa lavada. El otro objetivo de la medicina colonial británica era impedir las cuarentenas para preservar el comercio colonial con la India.

Aún hoy a las enfermedades infecciosas se les da un apellido por su procedencia geográfica. El Ébola es africano, la gripe ha sido española o mexicana, la sífilis llegó de Latinoamérica, la viruela hizo el recorrido inverso y el cólera tiene pasaporte asiático. Los partidarios del contagio consideraban que el cólera se expandía desde la India hacia Europa a través de Oriente Medio. Tras el brote de 1867 y la apertura del canal de Suez dos años después, las potencias europeas presionaron a los británicos en la Conferencia Sanitaria Internacional de Estambul para que adoptaran medidas preventivas frente a un posible contagio. En otras palabras: los alemanes utilizaban la medicina como instrumento de presión comercial y, por su parte, el colonialismo británico se oponía a las cuarentenas y las políticas sanitarias fundamentadas en la emergente teoría microbiana por razones obvias: impedían el comercio.

Los colonialistas británicos encomendaron a dos médicos, D.D.Cuningham y T. R. Lewis, que defendieran su política sanitaria en la India y, por lo tanto, que no se detuviera el comercio. Antes de viajar a la India se trasladaron a Alemania, entrevistándose con Anton de Bary y Pettenkofer, dos grandes científicos hoy olvidados que sostenían la tesis miasmática, publicando sus impresiones en una serie de tres extraordinarios artículos que aparecieron en la revista médica británica “The Lancet”.

En ellos quedaba claro que la metodología científica -miasmática y microbiana- de ambas teorías era muy diferente. A diferencia de Koch, Cunningham y Lewis no trabajaron tanto en el laboratorio como sobre el terreno. En varios informes y artículos científicos hicieron constar lo incierto de las observaciones obtenidas en el laboratorio y pasaron al trabajo de campo para analizar el contexto ambiental en el que se desenvolvía la enfermedad. Durante diez años interrumpidos en la India, inocularon el bacilo del cólera (“Vibrio cholerae”) a los perros y se produjo algo característico de las enfermedades infecciosas:

a) aparece la causa pero no el efecto: sólo la mitad de los perros murieron con síntomas de padecer la enfermedad
b) aparece el efecto pero no la causa: no encontraron el bacilo en enfermos muertos a causa de la enfermedad

La enfermedad no era la misma en un país que en otro. La fisiología de un hindú no es la de un escocés; las condiciones ambientales de la India ni eran iguales a las de Europa ni se podían reproducir en un laboratorio. Como dice Isaacs, fue el momento cumbre del criterio ambientalista en la medicina británica. Sin embargo, los médicos reconocieron que la teoría del suelo es insuficiente y que la “causa esencial” de la enfermedad no se conocía aún. Finalmente, Cunningham y Lewis confirmaban la corrección de la política sanitaria implementada por los británicos en la India (2).

Si los británicos enviaron a sus médicos para justificar su política, los alemanes hicieron lo mismo: Koch viajó a Calcuta en 1883, desde donde anunció que había logrado aislar el bacilo del cólera, que era parecido al encontrado en Egipto, que estaba presente en todas las necropsias pacticadas a los fallecidos por cólera, pero manifestaba sus dudas acerca de si el bacilo es la causa de la enfermedad, ya que no pudo reproducirlo en animales.

Para volver a evaluar la política sanitaria el gobierno británico respondió a Koch llevando a otros cuatro médicos a la India, Emmanuel Klein y Heneage Gibbs acompañados de William Gull y Burdon Sanderson. En Calcuta trataron de reproducir, sin éxito, el experimento de Koch. Encontraron el bacilo en los mismos depósitos de agua en los que éste lo había recuperado, pero en ellos bebían diariamente cientos de personas en las que la enfermedad no aparecía.

Cunningham siguió investigando toda su vida sobre el cólera, aunque es un científico al que ya nadie conoce. Su obra se ignora olímpicamente. En el hospital de Calcuta inauguró un laboratorio e incluso iniciaron la publicación de una revista científica -también olvidada- destinada a sostener las tesis miasmáticas cuyo título lo dice casi todo: Scientific Memoirs by Medical Officers of the Army of India.

Gibbs y Klein sostuvieron la misma conclusión que ya habían defendido Cunningham y Lewis: el bacilo era la consecuencia y no la causa de la enfermedad. Frente a Koch, los médicos británicos tenían razón: el cólera tampoco no es una enfermedad contagiosa, el 75 por ciento de quienes tienen el bacilo están sanos.

Hoy la OMS no recomienda ninguna medida de cuarentena, ni con los viajeros, ni con las mercancías procedentes de países en los que se hubieran descubierto brotes de dicha enfermedad: “La experiencia demuestra claramente que la cuarentena y el embargo del movimiento de personas y bienes, y en particular de productos alimentarios, son innecesarios. En la actualidad la OMS no dispone de información que demuestre que los alimentos importados de países afectados por vías comerciales se hayan visto implicados en brotes de cólera en los países importadores” (3).

De cualquier enfermedad de las llamadas contagiosas se puede decir exactamente lo mismo que del cólera. Lo único que se contagia es la histeria.

(1) Anticontagionism between 1821 and 1867, en Bulletin of the History of Medicine, vol.22, 1948 (reimpreso en International Journal of Epidemiology, vol.38, 2009).

(2) Jeremy D. Isaacs: DD Cunningham and the aetiology of cholera in British India, 1869-1897, en Medical History, vol.42, 1998, pgs.279 y stes.

(3) http://www.who.int/topics/cholera/control/es/index6.html;http://www.who.int/cholera/technical/prevention/choleratravelandtradeadvice231110.pdf

Anuncios

Un pensamiento en “El Sustrato Ideológico del Ébola

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s