La Lucha Contra el Imperialismo (1)

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Juan Manuel Olarieta

El imperialismo, decía Lenin, es la fase superior del capitalismo. También se podría definir de otras maneras, pero el título que Lenin dio a su obra tiene tanta fuerza expresiva que quienes hablan del imperialismo y de la lucha contra él apenas se preocupan de concretar contra qué o contra quién luchan. Lo dan por sabido.

Encontrarle al capitalismo fases superiores o inferiores no deja de ser una manera de ordenar temporalmente la historia, por lo que a mí, personalmente, cuando me hablan de la lucha contra el imperialismo me suena como a la lucha contra el Renacimiento. ¿A qué se refieren?

El desconcierto arrecia cuando en lugar de “imperialismo” utilizan alguno de esos eufemismos posmodernos, como globalización, que cumplen dos funciones mistificadoras: dan un toque izquierdista al reformismo y un toque internacionalista al nacionalismo. Es el caso paradigmático del bolivarismo en la actualidad, que se resume con esos dos parámetros, reformismo y nacionalismo por más que parezca todo lo contrario.

Los eufemismos son ideológicos porque ocultan la realidad esencial de la lucha contra el imperialismo, que de forma inmediata es una lucha contra el capitalismo y, por consiguiente, contra el Estado propio. Aquí es donde realmente entra en juego aquella frase de que las contradicciones “externas” operan a través de las “internas”, que en realidad debería decir que todas las contradicciones son siempre internas. Sólo hay verdadera lucha contra el imperialismo cuando hay una lucha contra el Estado propio o, si se quiere, contra la inserción de dicho Estado dentro de la cadena imperialista.

Lo que se opone al imperialismo no es el nacionalismo sino el internacionalismo. No tiene sentido lamentarse de la pérdida de soberanía o de independencia nacional por parte de un país que pertenece a la OTAN, por ejemplo, lamentando que las decisiones estratégias y militares las toman fuera del país, en el Pentágono o en Bruselas. En un sentido estricto ni siquiera tiene sentido llamar a una lucha contra la OTAN. En todo caso habría que llamar a luchar por sacar al país de la OTAN (y demás instituciones imperialistas).

Que sepamos, hasta la fecha ningún país ha entrado en la OTAN a la fuerza. Ese tipo de decisiones las toma cada país, es decir, que la burguesía decide una cierta manera de situar a su país dentro de la cadena imperialista, lo cual, unido a la presión de los demás países y, especialmente, la de las potencias más fuertes, es lo que acaba poniendo a un país en el tablero mundial.

No es cuestión de “política internacional”, ni de decisiones unilaterales del tipo “Otro mundo es posible”. No es un guante reversible, no es sólo la proyección sobre el mundo de las decisiones que toma un país sino también de lo contrario: de las consecuencias que tienen sobre dicho país las decisiones que toman los demás, especialmente las potencias imperialistas más fuertes, cuyas decisiones se convierten en “presiones”.

El encuadre de un país en el mundo depende de la correlación fuerzas, de factores económicos y militares, siendo estos, a su vez, dependientes de los anteriores. No se entra lo mismo que se sale, ni de la OTAN ni de la mayor parte de las instituciones del imperialismo, como el FMI, el Banco Mundial, la Comisión Bilderbeg, la Organización Mundial de Comercio, la Unión Europea (Banco Central Europeo) y otros similares que tienen en común que no son “internacionales” en el sentido de que no son “de todos los países”, ni de todos los países por igual, sino que se trata de la prolongación de las potencias hegemónicas, es decir, de Estados que tienen nombres y apellidos.

El día antes de la victoria de Syriza en Grecia, Pablo Iglesias se apresuró a anunciar en La Sexta que, en caso de llegar al gobierno, Podemos no tenía “ninguna intención” de sacar a España del euro. Y yo añado: ni del euro, ni de la OTAN, ni de ningún tinglado del imperialismo. No obstante, las declaraciones de Iglesias contribuían a poner en claro que la lucha contra la OTAN consiste salir de ella y que la lucha contra la Unión Europea es abandonarla, y que si Podemos no va a hacer ni una cosa ni otra es porque pretende mantener a España dentro de todos y cada unos de los dispositivos del imperialismo.

Tras la caída de la URSS, el trotskismo se sintió en su salsa en medio de los foros “antimundialistas” que se crearon en la década posterior y de los que formaron parte ellos, precisamente ellos, que siempre se llenaron la boca con su revolución “mundial”, entendida como una lucha contra superestructuras y abstracciones fantasmagóricas, como la troika, es decir, apuntando en la dirección equivocada y encubriendo los verdaderos pilares del imperialismo, que son las grandes potencias imperialistas.

La lucha contra el imperialismo es una lucha interna de cada país; no está dirigida contra un enemigo más allá de las fronteras, contra Obama en América o Merkel en Europa, sino de una manera mediata. No es otra cosa que una ruptura del encuadre del propio país dentro de la cadena imperialista, que sólo es posible llevando a cabo una revolución, es decir, derrotando a la propia burguesía.

Por ejemplo, la firma de la paz de Brest-Litovsk fue, junto a la expropiación de la tierra, la decisión más importante de la Revolución de Octubre y el golpe más importante que recibió entonces el imperialismo. Fue una decisión tan unilateral que no sólo dependió de Rusia sino exclusivamente del Partido Bolchevique, con la oposición frontal de todas las demás organizaciones políticas “de izquierda” (mencheviques, eseristas) que pusieron entonces al descubierto su verdadera naturaleza nacionalista.

En la medida en que el encaje de un país dentro del imperialismo no es el que se corresponde con las pretensiones de la burguesía, que siempre quiere más, sino que depende de otros factores y en especial de las fuerzas hegemónicas, en muchos países la burguesía lamenta los agravios nacionales, más o menos justificados, que vienen “de fuerza”. Así promueve el nacionalismo para poner a la clase obrera bajo su férula, lamentando la pérdida de la independencia nacional, como Pablo Iglesias, quien en La Sexta recordó “a todo el mundo” que la soberanía española recae en el parlamento español, una estupidez soberana que nadie puede creer.

Al más puro estilo patriotero, Iglesias añadió: “Si la señora Merkel quiere gobernar en mi país debe ganar las elecciones de mi país”. Todo este tipo de declaraciones -y otras parecidas- tratan de dejar fuera al verdadero enemigo, de no luchar contra el Estado propio y, por el contrario, participar o compartir el poder político con la burguesía, crear frentes y unidades para ponerse bajo su abrigo.

Tras su victoria electoral, Syriza ha anunciado la formación de un “gobierno de salvación”. ¿Qué es lo que pretende salvar Syriza? El capitalismo, naturalmente. Toda la verborrea nacional-reformista conduce siempre al mismo punto: a tratar de salvar al capitalismo de sí mismo.

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