La Crisis del Régimen del 78

gasteiz

Juan Manuel Olarieta

 

Dos periodistas muy envejecidos, Miguel Ángel Aguilar en la televisión y Juan Ramón Lucas en internet, han saltado a degüello, como si fueran talibanes, contra la tesis de Podemos acerca de la crisis del régimen del 78, una expresión bastante feliz, por lo demás, mucho más expresiva que lo de la “casta”. Sólo cabe esperar y desesperar con que sean consecuentes con lo que dicen.
Lo que molesta a Aguilar y a Lucas no es tanto el reconocimiento de la crisis, que es evidente, como la expresión “régimen” que -según ellos- minusvalora la transición, es casi despectivo. Sin embargo, nunca protestan cuando en España los medios convierten a Cuba en “el régimen castrista”, a la República Popular y Democrática de Corea en “el régimen norcoreano”, a Venezuela en “el régimen chavista” y a la URSS en el “régimen bolchevique”. Por lo tanto, no está mal pagar a los intoxicadores con un poco de su propia medicina.
El empleo de la expresión “régimen” tiene, además, una connotación de temporalidad, algo efímero que puede (e incluso debe) ser sustituido por otro, por otro “régimen” y por eso hay quienes hablan de una “segunda transición”, lo cual supone reconocer que ha habido una primera y que esta segunda va a ser igual (de fraudulenta) que la anterior.
El franquismo también fue un régimen y en 1978 no fue sustituido sino reforzado por otro. No hay más que leer las propias normas oficiales con las que se llevó a cabo ese refuerzo, como la Ley para la Reforma Política de diciembre de 1976, por poner sólo un ejemplo. Las propias declaraciones oficiales dejaron claro que se trataba de “mejorar” el franquismo para evitar su desmoronamiento. Durante décadas casi todos colaboraron en aquella maniobra, pero especialmente lo que se llamó “la oposición”. Los únicos que no se engañaron fueron ellos mismos que, si alguna vez fueron realmente oposición, se pasaron a la colaboración, se incorporaron a aquello contra lo que habían luchado formando un maridaje de intereses turbios que, finalmente, se ha venido abajo porque era extraordinsariamente endeble: no se basaba en otra cosa que el dinero, el manejo del dinero y los cargos desde los que se le puede meter la mano en el dinero. De esa manera el régimen de 1978 se convirtió en un gran soborno que sólo podía durar mientras hubiera dinero.
Reconoce Lucas en su artículo que “algo falló desde el origen”. ¿Algo? Lo que falló fue el origen, o sea, todo. “Lo que mal empieza, mal acaba” y este regimen se arrastra por el suelo como los limacos, dejando tras de sí un asqueroso rastro de babas. Lucas dice que Monedero insulta “la memoria de los que aquí pelearon por la democracia”. Pues yo no me siento insultado por Monedero sino por Lucas y por todos los que como él llaman democracia a cualquier cosa, como este régimen de 1978, porque es lo que disfraza su traición. Los demás luchamos entonces por la democracia (y por otras reivindicaciones) y seguimos ahora luchando por lo mismo, es decir, no hemos parado de luchar.
La manipulación de Lucas es doble. En la época de la transición -reconoce- no sólo se creyó lo de la “democracia” sino, además, que era “perfecta”. ¡Hace falta ser torpe! Pero ahora se ha dado cuenta de que no lo es, asegura.

Sin embargo, el problema no es que sea “imperfecta” sino que no es tal democracia, ni lo ha sido nunca. No he escuchado a nadie gritando por la calle indignado que esta democracia no es perfecta, sino algo muy distinto: “Lo llaman democracia y no lo es”. Lo llaman democracia y no lo ha sido nunca.

No obstante, desde 1978 ha cambiado algo importante: antes teníamos enfrente a los fascistas; ahora tenemos enfrente, además, a los socialfascistas. Antes la caja registradora la manejaban los falangistas, mientras que ahora vemos enfangados a los “sindicalistas” de UGT con los ERE, a los de CC.OO. con sobresueldos, a los de… No hay ninguna organización institucional que se haya librado de la corrupción, lo cual no es de ahora sino de siempre. Ese fue el precio que cobraron por participar en la farsa de la transición. Por eso precisamente algunos la llaman “traición” y otros no se conforman con haber padecido una sino que quieren otra.
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