Dime de Qué Presumes y te Diré de Qué Careces

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Juan Manuel Olarieta

La Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid la impulsó Fraga al estilo afrancesado, como una Escuela de Gobierno. Se trataba de preparar a la élite, los futuros burócratas del franquismo. Como en aquella época las aulas eran un lugar de agitación antifascista, una Facultad de tan elevadas pretensiones no podía ser como las demás. Fraga la sacó del centro de la capital para llevarla a un rincón solitario de Madrid, a Somosaguas, muy cerca de los chalets de Pozuelo y Majadahonda donde dormita una casta acomodada.

Como Ministro de Información, a Fraga le preocupaba el manejo de los medios de comunicación, un arte en el que siempre demostró maestría. Cuando una bomba nuclear cayó en Palomares, Alicante, a Fraga le faltó tiempo para darse un chapuzón en la playa al lado del embajador gringo, en traje de baño, para demostrar que las aguas no eran radiactivas. Nunca se había visto nada igual. La foto recorrió el mundo entero.

La transición fue tarea de militares tanto como de periodistas. Empezaban los tiempos de los gabinetes de imagen y los portavoces autorizados. Lo mismo que los medios, los gabinetes de relaciones públicas no son asuntos personales sino que han profesionalizado lo que hasta entonces sólo eran enchufes, favores, amiguismo y tráfico de influencias.

Ahora las relaciones públicas son empresas capitalistas como cualesquiera otras. Una de las primeras, Ageurop, la fundó en 1973 Jesús Aparicio Bernal, antiguo procurador en las Cortes franquistas y antiguo director de RTVE. En el consejo de administración estuvieron los ministros Juan José Rosón y Jesús Sancho Rof, el periodista franquista Jaime Campmany, el también antiguo director de TVE Rafael Ansón y José Pérez Serrabona de Aranda, un testaferro de Rodolfo Martin Villa, que era el accionista mayoritario.

En la transición nadie sabía exactamente lo que significaba eso de “relaciones públicas”, excepto que era algo inventado en Estados Unidos. Uno de los primeros en aprenderlo fue Adolfo Suárez, que hizo prácticas con Rafael Ansón, Carrero Blanco, Herrero Tejedor, López Rodó, Orbe Cano y Sampelayo, es decir, el equipo que preparó la transición.

Rafael Anson era una criatura del más puro franquismo. Le enchufaron como funcionario del cuerpo técnico del Ministerio de Información de Fraga y desde 1960 fue jefe de “relaciones públicas” de la Presidencia del Gobierno, es decir, del almirante Carrero Blanco y asesor del Consejo Nacional del Movimiento Nacional. A él le correspondió el lema de la concentración fascista de la Plaza de Oriente en 1971, que se hizo famoso: “Esta vez porque sí”. ¿Acaso buscaba Usted explicaciones?, ¿motivos?, ¿justificaciones? En la España fascista todo es “porque sí”.

Durante la transición los funcionarios preparados por Fraga, como Rafael Anson, llevaron a Suárez de la mano. Su carrera política despegó de los platós de la televisión franquista. No tenía imagen por sí mismo; se la creó Ansón. Suárez le nombró director de la única televisión entonces existente y, a su vez, Ansón encargó a Ageurop la campaña propagandística en favor del referéndum de 1976, al que se oponía la oposición cuando todavía ejercía como tal. Como dice la Wikipedia:

“Este referéndum [de diciembre de 1976] fue uno de los primeros donde el uso extensivo de los medios de comunicación fue un gran condicionante del apoyo mayoritario a favor. Adolfo Suárez, como director general de Radiotelevisión Española de 1969 a 1973, se había dado cuenta del gran poder de persuasión que tenía el medio televisivo para vender productos e ideas” (Referéndum sobre la Ley para la Reforma Política).

Es imposible que Suárez se diera cuenta de nada aunque lo tuviera delante de sus narices, como en el caso de TVE. El falangista era un ejemplo de holograma castizo en el que más allá de los focos no había ninguna otra luz. En la política moderna rige una ley de estricta proporcionalidad entre el figurante y su imagen. A medida que el político profesional es más anodino, necesita una mayor dosis de imagen mediática. Es lo que ya decía aquel refrán: “Díme de qué presumes y te diré de qué careces”.

La UCD se convirió en una maquinaria de propaganda electoral porque aquella tropa no servía para otra cosa. En la política de hoy no es posible saber dónde empieza el partido y dónde acababa el plató. Por ejemplo, al mismo tiempo que dirigía un programa de televisión, el periodista Federico Ysart era uno de los subsecretarios de la UCD y del gobierno de Suárez.

La política y la prensa son vasos comunicantes. No podrían vivir la una sin la otra. Los mercenarios de la prensa no sólo decoraron la transición sino que se forraron con ella. Entonces a eso se le llamaba “fondo de reptiles”. En 1977 los presupuestos del Estado entregaron 400 millones de pesetas al gobierno para repartir entre la prensa, lo cual no impidió su bancarrota. Al año siguiente la UCD compró el periódico Diario 16 para evitar su quiebra.

Cuando Suárez murió, Pablo Iglesias le calificó como “el audaz piloto de la transición”. El jefe de Podemos seguía limpiando los palominos del falangista y edulcorando la sacrosanta transición. Posiblemente se siente identificado con él porque ambos procedían del mismo medio: la televisión. En un caso fue TVE y en otro La Tuerka, Intereconomía o La Sexta.

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