Los Médicos de las Brigadas Internacionales

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Paul Preston: Dos médicos y una causa, Ayer 56/2004 (4), pgs. 37-66
http://www.ahistcon.org/docs/ayer/ayer56/ayer56-02.pdf

En el otoño de 2004, el alcalde de Benicasim, Manuel Llorca, ordenó retirar del cementerio de su pueblo una placa en memoria de los brigadistas internacionales cuyos restos están depositados en aquel recinto. Quizás el Sr. Llorca no sabía que, mientras las potencias democráticas de la Europa occidental hicieron caso omiso de consideraciones de autopreservación, por no hablar de solidaridad internacional, apoyando a la causa rebelde detrás de la farsa de la No-Intervención, decenas de miles de voluntarios de todos los países fueron a España, porque entendieron que la mejor manera de frenar el fascismo y conseguir que no se extendiese a sus propios países era luchar por la democracia en España. El antecesor del Sr. Llorca en la alcaldía de Benicasim, Francesc Colomer, portavoz del PSPV y diputado autonómico, escribió en la edición valenciana de El País el 14 de noviembre de 2004 que «el inmenso gesto de solidaridad que significaron las Brigadas Internacionales conecta con lo mejor del linaje humano. Dudo que haya en la historia de las naciones otro ejemplo de mayor altruismo y fraternidad. Benicasim, mi ciudad, fue uno de los escenarios referenciales de la presencia de estos voluntarios llegados de todo el mundo. Fuimos hospital de heridos, retaguardia de salud».

Las palabras de Francesc Colomer nos recuerdan que una de las dimensiones más impresionantes, más duraderas y menos conocidas de las Brigadas Internacionales fue la aportación de sus servicios médicos. Impresionante, porque no todos los profesionales del mundo de la salud toman en serio el juramento hipocrático, y los médicos y enfermeras de las Brigadas Internacionales no solamente hacían el mismo gesto de coraje y solidaridad que los demás voluntarios, sino que también dejaban atrás carreras profesionales que no solían perdonar prolongadas ausencias. Duradera, porque las aportaciones
de los distintos médicos, españoles e internacionales, desde los catalanes ]osep Trueta y Moises Broggi hasta el famoso canadiense Norman Bethune, el neozelandés Douglas ]olley y los ingleses Len Crome y Reggie Saxton, fueron de una importancia colosal en el desarrollo posterior de la medicina traumatológica, en guerra y en paz. Menos conocida, por la razón obvia de que el trabajo abnegado, detrás de las líneas de fuego, de conductores de ambulancias, enfermeras y médicos ha atraído menos atención de periodistas, escritores e historiadores que la lucha de los combatientes de primera línea. Últimamente ha habido un crecimiento de interés en este aspecto de las Brigadas, y lo que sigue -un estudio de dos médicos cuyo trabajo en España tendría un impacto posterior en la Segunda Guerra Mundial- pretende extenderlo algo más.

Doctor valeroso e inteligente, Len Crome (Lazar Krom en letón) nació el 14 de abril de 1909 en la ciudad de Dvinsk, también conocida como Daugavpils, en lo que es ahora Letonia pero entonces era parte de Rusia. Le complació descubrir posteriormente que compartía fecha de cumpleaños con la Segunda República española, establecida en 1931, y para la que se ofreció voluntario en 1936. Comenzó su amplio conocimiento de idiomas siendo niño, hablando ruso con su padre y alemán con su madre en la escuela, así como absorbiendo el judío-alemán que sus padres hablaban cuando querían, en vano, guardar algún secreto ante los niños. Durante la Primera Guerra Mundial, Dvinsk, fortaleza y ciudad guarnición, sufrió el ataque alemán. El frente estaba cercano y Len recordaba haber visto la primera víctima: un campesino en su carreta herido por la metralla de una bomba alemana.

Sus primeros recuerdos eran el de una visita del Zar Nicolás II a su escuela y, luego, el de la emoción de los levantamientos revolucionarios de 1917. Él y sus compañeros de clase se ilusionaron con el tumulto de huelgas frecuentes, el ondear de las banderas rojas y la imagen del arranque violento con que se quitó el águila bicéfala zarista del edificio escolar. Los soldados rusos alojados en la casa de los Krom le dejaron montar sus caballos y, después de la toma de Dvinsk, la fuerza alemana -recibida como libertadora por los lituanos- le permitió disparar los rifles de sus soldados.

En 1918, la familia de Krom se trasladó a Libava, en la costa occidental de la Letonia independiente. Allí Len asistió a la única escuela rusa de la ciudad. Aunque era de sí poco estudioso y travieso, se graduó en 1926 con buenas notas en ruso y biología. El padre de Len era un hombre de negocios relativamente próspero, lo que significaba que podía permitirse el lujo de que sus hijos estudiaran inglés. Tenía contactos en Escocia, de donde importaba barriles de arenques. Estas relaciones facilitaron la petición de Len de irse con un amigo que estudiaba en Edimburgo. Rápidamente perfeccionó el inglés y se
graduó en económicas. El último año de estudios de económicas hizo su primer curso de medicina, titulándose como doctor en 1933.

Durante su vida de estudiante había provocado la ira de las autoridades letonas al no presentarse para hacer el servicio militar obligatorio. Fue considerado desertor y privado de la nacionalidad lituana. Consecuentemente, en 1934 aprovechó la oportunidad de sus ocho años de residencia ininterrumpida en Inglaterra para naturalizarse ciudadano británico.

Len estaba trabajando de doctor en prácticas en un hospital de Blackburn, una ciudad de Lancashire, cerca de Manchester, cuando tuvo lugar el levantamiento militar en España. Aunque no era afiliado de ningún partido, el antisemitismo nazi le había empujado hacia la izquierda. Era suscriptor y lector ávido de las publicaciones del muy influyente Left Book Club (Club de Libros de Izquierdas) y estaba alarmado ante la creciente evidencia de la intervención nazista y fascista en España. Conocedor de que muchos hombres y mujeres estaban abandonando sus casas y familias para luchar en la Brigadas Internacionales con riesgo de muerte, y por las consecuencias que acarrearía la victoria de Franco y sus aliados del Eje, él decidió hacer lo mismo. Como ellos, creía que si el fascismo no se derrotaba en España, Francia y Gran Bretaña serían las próximas en caer bajo sus garras. Inseguro de cómo él podría ser más útil, escribió a Harry Pollitt, el secretario general del Partido Comunista de Gran Bretaña.

Pollitt le sugirió que se uniera a la Unidad Escocesa de Ambulancias que estaba organizando un magnate del carbón y muy generoso filántropo de Glasgow, sir Daniel Macaulay Stevenson. Cuando el joven doctor fue a entrevistarse con Stevenson llegó temprano, lo que era típico de su autodisciplina. El mayordomo de Stevenson le introdujo en la biblioteca del gran magnate mientras esperaba a los miembros del comité para entrevistarlo. Se quedó sorprendido al ver en la pared una fotografía dedicada de Adolf Hitler. A pesar de este detalle alarmante, fruto quizás de la campaña de Stevenson contra el maltrato a Alemania en el Tratado de Versalles, estaba claro que el magnate escocés apoyaba la República española. El comité estuvo encantado de asegurarse los servicios de un médico y le sugirió que se uniera al próximo convoy que estaba a punto de salir para España, con un grupo de conductores y personal auxiliar que llevaban camiones cargados de chocolate, leche condensada y medicinas para la República. Len se puso de acuerdo con su hermano, Jacob Krom (Jascha), que estaba a la sazón estudiando en Londres, para decir a sus padres que Lonya, como se llamaba a Len en casa, se iba de expedición médica prestigiosa a América Central y estaría fuera, sin posibilidades de contacto, durante varios meses.

El 17 de septiembre de 1936, el primer convoy de la Unidad Escocesa de Ambulancias había salido para España, bajo la dirección de una animosa mujer de mediana edad, Fernanda Jacobsen. Priscilla Scott-Ellis, aristócrata inglesa que había servido con las fuerzas nacionalistas, se divirtió mucho con ella cuando la conoció en Madrid después de la guerra: «Una mujer increíble, pequeña y cuadrada, con un culo inmenso. Siempre viste falda escocesa, medias gruesas de lana, zapatos de cuero duro, chaqueta de caqui militar adornado con muchos cardos, enormes guantes de cuero, un capotillo también con cardos, y, el colmo de 10 atractivo, un sombrerito escocés negro con alas de tartán y una gran insignia de plata» 5. Como Len descubriría, el problema con la belicosa señorita J acobsen no era tanto su extraña apariencia cuanto sus cuestionables ideas políticas. El hecho de que todavía estuviera en Madrid en abril de 1939 desarrollando trabajo humanitario después de la entrada de los franquistas en la ciudad era un indicio de la ambigüedad de su ideología. Ciertamente, las experiencias de Len con la Unidad Escocesa de Ambulancias iban a ser el auténtico comienzo de su formación política.

La Unidad Escocesa de Ambulancias estableció su cuartel general en Aranjuez, al sur de Madrid. Llevó a cabo un valioso trabajo y sufrió pérdidas considerables en la lucha contra el avance de las columnas africanas de Franco, tratando unos 2.500 heridos y evacuando a 1.000 refugiados. Sin embargo, cuando la muy agotada Unidad volvió a Escocia para un breve descanso durante las navidades de 1936, una sombra flotaba sobre ella: se acusó a cuatro de sus miembros de robar cadáveres en el campo de batalla. La Unidad se reorganizó a mitad de enero de 1937 Yse reclutaron nuevos voluntarios; uno de ellos fue Len Crome, quien se unió al convoy escocés en Dover. En cuanto llegaron a la sitiada capital española se lanzaron a la acción. Len era el director médico de la Unidad. Tenían que tratar tanto a civiles, heridos en el bombardeo franquista de la ciudad, como al flujo interminable de soldados heridos en la frenética lucha en las cercanías de Madrid. Con el cuartel general en un anexo del edificio de la embajada británica en la capital, la Unidad se vio, en el fragor de la batalla del J arama, transportando los heridos a hospitales de retaguardia improvisados en Chinchón y en el hotel Palace de Madrid. A pesar de su compromiso con este valioso trabajo, Len y otros de la Unidad se sentían incómodos respecto a algunas decisiones de la señorita J acobsen. Ella distribuía comida donada por obreros escoceses para la República española a madrileños derechistas que se habían refugiado en la embajada británica. Len y su lugarteniente Roderick MacFarquhar se disgustaron más aún al descubrir que la Unidad Escocesa de Ambulancias estaba siendo explotada, en connivencia con el Ministerio británico de Asuntos Exteriores, por el famoso “Pimpernel Español”, el capitán Christopher Lance. Disfrazando a los heridos franquistas con vendas como si fueran heridos republicanos, los estaba pasando de contrabando a Valencia y desde allí a lugares fuera de la España republicana. En una confrontación tensa con la señorita Jacobsen, Len, Roddy MacFarguhar, Maurice Linden y George Burleigh le anunciaron que habían decidido unirse a las Brigadas Internacionales. Después de varias amenazas histéricas, ella insistió en que debatiesen el tema en presencia del cónsul británico. Cuando éste llegó, ella le dijo que les ordenara volver a Gran Bretaña. El cónsul no sólo se negó a hacerlo, sino que les agradeció emotivamente lo que estaban haciendo por la República.

En Madrid, el famoso doctor-cirujano canadiense Norman Bethune llevó a Len y a los otros desterrados de la Unidad Escocesa a un hospital de las Brigadas Internacionales en la carretera de Valencia, en las afueras de Madrid. Por entonces, Franco estaba intentando cerrar el círculo alrededor de Madrid. La sangrienta batalla del Jarama estaba llegando a su fin y la de Guadalajara estaba a punto de empezar. El contingente británico de las Brigadas Internacionales formaba parte de la División 35, al mando del experimentado general soviético “Walter”, el polaco Karol Swierczewski -representado como Goltz en Por quién doblan las campanas, de Hemingway-. En mayo, Walter resultó levemente herido por granada de metralla estando en la Casa de Campo, a las afueras de Madrid. Hasta el verano de 1937, Len trabajó de ayudante con el jefe oficial médico de la División 35 -otro polaco, el Dr. Mieczyslaw Domanski (conocido por “Dubois”)-. Después de la batalla del Jarama, en febrero de 1937, se le pidió a Len que elaborase un plan de salud preventiva para la División. Dubois se lo enseñó a Walter, que quedó muy impresionado y quiso conocer a Crome. El diminuto Walter era una especie de dandi militar, con uniforme ceñido, pantalones elegantes y botas extremadamente pulidas al estilo de los oficiales de caballería polacos.

Cuando vio a Crome por vez primera, Walter quedó sorprendido por su porte desaliñado y estrambótico. Cuando Crome preguntó a Dubois por qué el general lo había tratado tan fríamente, él le dijo: «Usted viste y se comporta como un civil. Por eso apenas le dirigió la palabra. Usted debe aprender a ser un soldado». Al día siguiente, un reluctante Len tuvo que ir a Madrid para que le tomasen medidas para hacerle un elegante uniforme militar que casi nunca se puso.

A primeros de julio los republicanos atacaron Brunete, veinte kilómetros al oeste de Madrid, en un esfuerzo por dividir y apartar del norte a las fuerzas de Franco, quienes amenazaban a Santander. Después del éxito inicial, Franco, determinado a recuperar el territorio perdido, introdujo tropas a raudales en el sector, y Brunete se convirtió en una carnicería. Len estaba trabajando de cirujano de campo en el hospital de las Brigadas Internacionales de El Escorial. Dubois pidió que le ayudara en la recogida y evacuación de los heridos. Tras los bombardeos aéreos, Len salió a buscar a los heridos en las trincheras u otros refugios subterráneos. Aleksander Szurek, ayudante de Walter, escribió más tarde: «Aunque el doctor Len Crome no era afiliado del Partido, tenía relaciones excelentes con el general. Trabajó mucho. Durante la batalla, estuvo día y noche inspeccionando todos los puestos médicos. Cuando era necesario, no dormía durante varias noches. Las balas no le asustaban. Una vez cayó herido en la Casa de Campo pero, afortunadamente, fue una lesión leve».

Con pocos médicos para atender a los heridos, Len y algunos de sus colegas dudaban si, en el proceso de la guerra, valía la pena concentrarse en ayudar a los heridos leves en la certeza de que, si tenían la suerte de recuperarse, volverían a la acción. Consecuen- temente, Len fue a discutirlo con el general Walter a su cuartel general, en un olivar a un kilómetro aproximadamente del frente. Cuando le sugirió que podría no valer la pena gastar demasiado tiempo en casos perdidos, como los de lesiones severas en la cabeza, Walter estalló: «¡Nunca me imaginé que ustedes fueran tan caníbales! Dígale a sus médicos de mi parte que si oigo tal cosa otra vez se enviará a todos sin excepción a las primeras líneas de combate, y sin fusiles! Usted será el primero en ir. Y cuando usted esté herido quizás se pregunte si su lesión es lo bastante leve para merecer tratamiento».

Algunos días después, en el curso de la batalla de Brunete, con el frente republicano derrumbándose ante el contraataque franquista, Dubois resultó gravemente herido. Len lo metió en una ambulancia y se fue andando campo a través hacia el cuartel general de Walter. El general quedó profundamente impresionado por las noticias y le mostró un trato más agradable y amistoso. Sin vacilación, le pidió al joven Len de veintiocho años que ocupara el lugar de Dubois.

Se le ascendió a capitán médico. Cuando Dubois murió un mes después en la batalla de Quinto en Aragón, Len se convirtió en jefe fijo de los Servicios Médicos de la División, que atendieron a la XI Brigada (mayormente germanohablante) y a la XV Brigada (principalmente angloparlante). El 13 de septiembre de 1937 fue ascendido a comandante.

Dado el estado lamentable de las viejas carreteras, los servicios médicos tenían que trabajar en hospitales provisionales lo más cercanos al frente posible para evitar los golpes y el zarandeo de los heridos en el traslado. Se establecieron salas de hospital en tiendas, graneros, e incluso en vagones de tren, de modo que las brillantes improvisaciones de Crome salvaron muchas vidas. Los informes médicos se convirtieron, gracias a su auxiliar Nan Green, en tablas estadísticas que llegaron a ser lo mejor de los esforzados servicios médicos republicanos.

Sin embargo, aunque los primeros informes sobre Crome fueron sumamente favorables 10, sus esfuerzos no siempre fueron apreciados. El 6 de junio de 1938 escribió una carta al jefe de los servicios sanitarios del Ebro en la cual indicaba que la mayoría de las ambulancias enviadas del extranjero eran inadecuadas y estaban deficientemente equipadas. Dado que hacerlas funcionales implicaba tiempo y dinero, y por lo tanto minaba lo que llamaba «la guerra que se estaba librando por la clase obrera en España», sugirió una coordinación más estrecha entre la Central Sanitaria Internacional y las organizaciones donantes extranjeras. Su carta bienintencionada provocó una caza de brujas. Antes de un mes, Jacob Maurice “Hans” Kalmanovitch, un comunista francés de origen yugoslavo, el secretario general de la Central Sanitaria Internacional, se había quejado de la carta de Crome a André Marty, el feroz delegado de la Internacional Comunista al mando de las Brigadas Internacionales. “Kalma”, como Marty lo llamaba, había sido mucho tiempo afiliado del partido comunista francés, además de uno de los primeros médicos franceses que llegaron a España, y había participado en la defensa de Madrid.

Era uña y carne del estalinista Marty -jerárquico y autoritario-. Para Marty, la carta de Crome era «une dénigration systématique de la CSI». Inmediatamente escribió al jefe médico de la 211 Brigada de Carabineros y de una sección de los Servicios Médicos de las Brigadas Internacionales, Enrique Sanmartí Falguera. En su carta denunció la frase de Crome «la guerra que se está librando por la clase obrera en España» como contraria a la línea del partido de que la República estaba librando una guerra de independencia y por lo tanto «al mismo nivel de los presupuestos fascistas».

Crome fue amonestado por los oficiales del servicio médico de las Brigadas Internacionales, la Ayuda Médica Extranjera, en Barcelona, y acusado de hacer propaganda enemiga. Después de ser interrogado, admitió “su falta” y fue obligado a realizar la súplica humillante de que era un mero burgués que entendía poco de asuntos políticos. Varios colegas suyos, como Nan Green, intercedieron en favor de Crome. En consecuencia, el asunto se abandonó temporalmente. No obstante, la venganza se llevó a efecto por parte de Enrique Sanmartí Falguera junto con otro antiguo comandante de los servicios de las Brigadas Médicas Internacionales, Carlos G.Díez Fernández, otro estalinista que había sido jefe médico del Quinto Regimiento comunista y luego del Ejército del Este. Los dos se juntaron para escribir una despiadada valoración del trabajo de Crome en España que se añadió a su hoja de servicios. En este documento le acusaron inverosímilmente de fomentar una desorganización desastrosa en el seno de los servicios médicos por dejadez e inexperiencia. Es más, después de que Crome volviera a Inglaterra, Marty retomaría el asunto. En abril de 1938 los franquistas habían llegado al Mediterráneo y partido en dos la zona republicana. La última ofensiva de la República, cruzar por sorpresa el río Ebro el 24 de julio, condujo a la batalla más larga y sangrienta de la guerra. Atrapados en las colinas cerca de Gandesa, los republicanos, incluso las Brigadas Internacionales, fueron sometidos a la feroz artillería y al bombardeo aéreo durante casi cuatro meses. Con calor sofocante, poca o ninguna agua, desprotegidos desde el alba hasta el crepúsculo, aguantaron. Mientras se hacían los preparativos para cruzar el Ebro, los cuarteles generales de los cuerpos médicos de la División 35 habían permanecido en una vieja granja. Sin embargo, poco después del cruce del río, la noche del 25 de julio, el personal médico de Len Crome se mudó a un hospital de emergencia en una gran cueva alIado de una colina cerca del pueblo de La Bisbal de Falset. El estado desastroso de las antiguas carreteras había obligado a los servicios médicos republicanos a preparar hospitales improvisados lo más cerca posible del frente para evitar el penoso traslado de los heridos para su tratamiento.

El hospital de la cueva estaba cercano al río Ebro. La secretaria administrativa de Crome, Nan Green, analizaba los heridos del día con las listas compiladas por los médicos en los puestos de socorro de la línea del frente. Los clasificaba por categorías (heridas en la cabeza, en las piernas, amputaciones y así sucesivamente) y las armas que las habían causado (morteros, obuses, balas). Con ellos dibujaba gráficos a la acuarela que ayudaban a identificar los suministros esenciales más necesitados, desde cascos de acero a medicamentos, así como la priorización de tratamientos. Este sistema fue adoptado por el distinguido cirujano de Nueva Zelanda Douglas Jolly, quien lo utilizó durante la Segunda Guerra Mundial en África del Norte e Italia. Las enfermeras que trabajaron en el hospital de la cueva comentaron posteriormente la bondad incansable con la que el doctor Crome les animó en su trabajo, a lo largo de noches y días interminables que cuidaron a los heridos de la batalla del Ebro. A pesar de las espantosas condiciones, se ha considerado que los hombres bajo el cuidado de Crome tuvieron mejor tratamiento que si hubieran estado en los mejores hospitales universitarios ingleses de la época.

La República retiró a las Brigadas Internacionales en septiembre de 1938, en un vano esfuerzo por incitar la mediación internacional. Len cedió los servicios médicos de la División a un doctor español y se fue a Inglaterra el 26 septiembre. Siempre recordó la camaradería de las Brigadas y su participación en la lucha contra el fascismo como «un tiempo gloriosamente feliz». Había ido a España sin afiliación a partido alguno, pero lo que vio le había hecho simpatizar con el Partido Comunista: «Vi que los comunistas hicieron la mayoría de la lucha, eran más firmes y sin ellos habría sido imposible continuar resistiéndose a los fascistas». Preguntó a Walter si creía que se debía afiliar al partido. Para su sorpresa, Walter le respondió que incluso los delegados más valerosos se inhibían por miedo a perder la tarjeta del partido. El general no quería ansiedades por denuncias que distrajeran al doctor Crome de su trabajo específico.

Dentro de las Brigadas reinaba una paranoia considerable en ese momento, sobre todo entre los alemanes. Probablemente pensando en el desagradable incidente con Marty, Len escribió más tarde que «uno de los rasgos menos agradables de la vida en las Brigadas Internacionales fue con frecuencia la denuncia. Por cierto, no fue tanto el caso entre los ingleses que eran bastante inocentes de ello, en parte, sin duda, porque no estaban familiarizados con el peligroso trabajo del movimiento político ilegal. Ningún oficial podía retroceder un metro sin arriesgarse a la denuncia de ser un agente secreto de la Gestapo, o trotskista, que en ese momento venía a ser la misma cosa. Algunos fueron honestos en los informes que presentaron, pero no me cabe la menor duda de que otros estuvieron inspirados por la animosidad personal o la envidia, por un deseo de demostrar la propia virtud, y a menudo procedían de personas malévolas e incompetentes. Como yo no era comunista, raramente me enseñaban alguno de estos “documentos”. Sin embargo, llegó un día en el que Walter me entregó uno. Estaba escrito por un estudiante de medicina yugoslavo o búlgaro, llamado Petrovich, y trataba de un cirujano belga, René Dumont, que colaboraba con nosotros y era un trabajador excepcionalmente capaz, ingenioso y atractivo. Esto no impidió que Petrovich le acusara de ser un fascista secreto enviado a España para matar a tantos heridos como pudiera. Yo no tenía idea de qué hacer y decidí que lo mejor sería mostrar la carta a Dumont y pedirle que la comentara. Dumont enmudeció y tartamudeó diciéndome que debía suspenderlo temporalmente pendiente de una investigación, en vista de lo cual yo le garanticé mi plena confianza». La respuesta de Len, que combinaba su realismo característico y su sentido de la justicia, ganó la aprobación de Walter, pese al hecho de que no haber presentado el caso a los servicios de seguridad implicaba un riesgo considerable para ambos.

Es improbable que Len Crome viera el informe que Enrique Sanmartí Falguera y Carlos G. Díaz enviaron a Moscú, pero su experiencia de haber soportado broncas por sus comentarios sobre la inadecuación de las ambulancias podría explicar este tono de pesar, si no de amargura. De hecho, no supo ni la mitad del caso. En diciembre de 1938 Marty escribió una valoración aún más hostil. En ella recogió el contenido del informe de Sanmartí y Díaz, escribiendo que, debido a la «incapacité» de Crome, los servicios médicos habían funcionado mal durante la batalla del Ebro. Para la mente singularmente paranoica de Marty esto era no solamente incierto, sino aún más sospechoso porque Crome había reunido en torno suyo en los servicios médicos de la XV Brigada «les éléments internationaux les plus douteux». Con Walter, fue acusado de provocar desorden e indisciplina total. La carta de Crome sobre las ambulancias se infló hasta el punto de decir que «Crome a mené une campagne violente contre la Centrale Sanitaire Internationale». Como resultado de estas “críticas violentas” (Marty usó la palabra “violento” tres veces en dos oraciones), concluyó que «ce Crome doit are suivi de tres pres dans toute son activité». Dado que Crome todavía no se había afiliado al Partido Comunista, tales comentarios son altamente reveladores de la paranoia de Marty.

En el periodo de posguerra de la Guerra Civil española, cualquier amargura que le hubiera ocasionado el tratamiento de Marty y sus camaradas quedó bien limpia debido a varias cartas emocionantes recibidas de compañeros de las Brigadas Internacionales de los campos de concentración franceses. En una de esas cartas, Guillermo Rodríguez, sargento que acompañó a Len en el frente de Aragón y Cataluña, escribía que las «virtudes y buen compañerismo» de Crome eran temas frecuentes de conversación entre los brigadistas presos, y comentaba: «para mí no había otro camarada mejor que el doctor Croome» (sic). Poco después de llegar a Inglaterra se incorporó al Partido Comunista de Gran Bretaña, ingresando en una célula de médicos en Belsize Park, barrio del norte de Londres. Entonces trabajaba de médico de cabecera en Camberwell y pronto echó mano de su experiencia en España para preparar a los trabajadores de primeros auxilios en precauciones en caso de ataque aéreo. Se dio cuenta de que su experiencia en España sería de valor inestimable para el ejército británico en la lucha que se avecinaba, la cual, para Len, no era más que la continuación de la que se había interrumpido por la victoria de Franco. Solicitó el ingreso como oficial en el ejército, pero le rechazaron en junio de 1939 por no cumplir la condición reglamentaria del ejército territorial de que «todo candidato a ser oficial debe ser ciudadano británico e hijo de ciudadanos británicos». Una segunda solicitud fallida le llevó a la conclusión de que su afiliación comunista era el problema. De todos modos, tenía bastante trabajo con su ejercicio de la medicina. Es más, estaba trabajando mucho para conseguir la liberación de antiguos brigadistas encarcelados en los campamentos de Francia. También cuidaba a los refugiados de Checoslovaquia, enamorándose de Helen Flüttner, una de ellos, con quien pronto se casó. Describió el haberla conocido como la cosa más afortunada que le había pasado en la vida.

Después de la invasión alemana de la Unión Soviética en junio de 1941, Len recibió la petición de la esposa de Ivan Maisky, el embajador ruso, de ayudarle a comprar equipamiento médico para el Ejército Rojo. Sin embargo, en diciembre de 1942, el alistamiento llegó finalmente a su quinta y se le llamó a filas como soldado raso. Dadas su calificación médica y su experiencia española, se reconoció rápidamente que tenía madera de oficial y se le hizo capitán del Cuerpo Real Médico del Ejército. Tras una breve formación, sirvió de médico oficial en Norfolk. Luego, en la primavera de 1943, lo enviaron a África del Norte. Después de la derrota de las fuerzas del Eje empezaron los preparativos para el desembarco en Italia.

Len estaba deseoso, mientras estuvo en Argelia, de ayudar a los veteranos europeos orientales de las Brigadas Internacionales que habían escapado de Francia y se encontraban allí. Se horrorizó posteriormente al descubrir que, al aterrizar en suelo soviético, fueron acorralados por el GPU y arrojados al gulag.

Durante el avance aliado por Italia, Len fue comandante del 152 Ambulancia de Campo. Por sus logros en la disminución de bajas en el fuerte bombardeo de la batalla de Monte Casino, y para asombro suyo, se le otorgó una Cruz Militar “inmediata”. Unas semanas después se le presentó al rey George VI cuando el monarca visitaba Italia. En su hoja de servicios reza: «Durante la batalla para cruzar el río Gari poco después de que se construyera el puente Amazon el 13 de mayo de 1944, este oficial estableció un puesto avanzado de primeros auxilios en el lado occidental del río, habiendo trabajado allí desde el momento en que el puente se montó hasta que decidió que era seguro para que su sección cruzara por allí. Por su situación, la sección estuvo expuesta a intenso fuego intermitente de morteros durante las siguientes 48 horas, durante las cuales un grupo de infantería ADS cercano fue obligado a retirarse. El capitán Crome, con su valor y ejemplo, contribuyó decisivamente a mantener la cadena médica de evacuación abierta según se había establecido y su conducta es digna de la mejor alabanza».

Tras el final de la guerra, el ya teniente coronel supervisó la organización militar de los hospitales militares alemanes en la zona británica en Austria, con unos 30.000 pacientes bajo su responsabilidad. Le permitieron tener a su familia con él y vivieron en Villach.

En ese momento se enteró de la muerte de sus padres y su hermana mayor, Sima. Su padre había sido deportado como capitalista cuando los rusos invadieron Letonia y enviado a un campo de trabajo, donde murió de inanición. Su madre y Sima habían sido asesinadas por los alemanes. Afortunadamente, su hermana menor, Helena (conocida como Hilda), había venido a Londres antes de la guerra a estudiar en el Birkbeck College. Por eso, tanto ella como Jascha escaparon del Holocausto. En 1946 Len fue destinado a Italia, en principio de oficial médico jefe al Distrito de Riccione, cerca de Rimini, y después de comandante del hospital militar británico, primero en Nápoles y luego en Caserta, donde nació su segundo hijo, Peter.

En el otoño de 1947 salió del ejército y la familia volvió a Londres. Len fue capaz de satisfacer una ambición que había mantenido durante mucho tiempo, la de hacerse patólogo. Consiguió un puesto en prácticas en el hospital de St. Mary, donde trabajó en el departamento de patología, dirigido por el profesor Newcomb, y en el departamento de bacteriología, dirigido por el profesor Alexander Fleming. Posteriormente se formó en neuropatología en el hospital de Maudsley, dirigido por el profesor Alfred Meyer, especializándose en neuropatología de las dificultades de aprendizaje. En 1956 se hizo patólogo del hospital Fountain de Tooting, considerado tanto un hospital comunista como un centro internacionalmente famoso para el tratamiento de las dificultades de aprendizaje. Cuando se produjo la invasión soviética de Hungría, escribió cartas críticas al diario comunista Daily Worker) que no se publicaron. Como secretario de la sección médica de la Sociedad para las Relaciones Culturales con la URSS y, seguidamente, como presidente de 1969 a 1976, visitó la URSS varias veces. Luego fue crítico de Gorbachev, porque estaba preocupado por las probables consecuencias de la disolución de la Unión Soviética.

Su dedicación principal era la medicina. Escribió muchos artículos y colaboró en varios libros en el campo de la patología -sobre todo con Jan Stern, Patología del retraso mental- y un libro sobre la resistencia en los campos de concentración alemanes, Unbroken (Imbatidos)) que trataba, sobre todo, de su cuñado Johnny Hüttner. Después de retirarse del servicio británico de salud pública con sesenta y cinco años, “vicioso” del trabajo de toda la vida, actuó de patólogo interino en muchos hospitales, entre los que se cuentan tres años en la Universidad de Amsterdam, tiempo que aprovechó para añadir el holandés a su notable repertorio de idiomas. Su esposa Helen murió en 1995. Hasta su muerte, el 6 de mayo de 2001, Len fue presidente de la Asociación de las Brigadas Internacionales y siempre estuvo orgulloso de haber ayudado a los españoles en su lucha por la democracia.

Por haber servido en las Brigadas Internacionales y, en particular, por el tiempo que compartieron en el hospital de la cueva en La Bisbal de Falset durante la batalla del Ebro, Len Crome forjó una gran amistad con otro prominente médico de las Brigadas, Reginald Sornes Saxton. Su amistad se fortaleció con la común pertenencia a la Asociación de las Brigadas Internacionales. Aunque de orígenes completamente distintos, Crome de Rusia y Saxton de la imperial Gran Bretaña, ambos fueron casos típicos de dos ramas importantes dentro de las Brigadas. Sus similitudes fueron incluso más típicas -la generosa dedicación a combatir el fascismo y su posterior servicio en la Segunda Guerra Mundial-. Como otros doctores en la Guerra Civil española, Moises Broggi, Josep Trueta, Norman Bethune y Douglas Jolly, los dos lograron avances médicos que serían de mucha utilidad posteriormente.

Reginald Sornes Saxton, doctor valeroso e innovador, nació el 13 de julio de 1911 en Cape Town, donde su padre era profesor de botánica en la Universidad. Cuando tenía dos años, su padre se hizo profesor de botánica en el Gurerat College en Ahmadabad, India. Tuvo una infancia feliz y privilegiada en Raj India, un idilio que se acabó cuando le enviaron a internados, primero en la India y luego en Inglaterra. Su familia volvió a Inglaterra en 1920 y su padre se hizo profesor de botánica en la Universidad de Reading. Reggie fue a un famoso colegio privado, al Repton School en Derbyshire, donde pronto llegó a odiar los prejuicios de la clase alta y las palizas sistemáticas que los más jóvenes recibían de los mayores.

En aquel tiempo, el director del colegio era el feroz disciplinario Dr. Geoffrey Fisher, que llegó a ser arzobispo de Canterbury con el tiempo. Reggie bromearía más tarde diciendo que, pese a las motivaciones del director del colegio, «no pude entablar contacto en modo alguno con el Todopoderoso» 23.

De hecho, Reggie había empezado a desarrollar una conciencia social poderosa y ya estaba inclinado a la izquierda antes de entrar, en 1929, en el Sydney Sussex College de la Universidad de Cambridge para estudiar la carrera de las ciencias naturales, dentro de la cual se estudiaba la fisiología. Después del primer curso decidió trasladarse a la Facultad de Medicina. Tuvo la suerte de que su padre pudiera pagarle los estudios en la Universidad. En 1932, tras graduarse en Cambridge, pasó los tres años siguientes en el hospital de St. Bartholomew de Londres para su formación clínica y se tituló como doctor en 1935. Sin embargo, en cuanto Reggie empezó en el hospital de St. Bartholomew, su padre dejó a su madre y volvió a Sudáfrica. Para arreglarse, la señora Saxton tenía que alojar a estudiantes universitarios. Los debates con uno de estos estudiantes le provocaron un profundo interés por la economía. De hecho, en la escuela, y más tarde en la Universidad, durante sus vacaciones, Reggie estudiaba economía política en la biblioteca pública de Reading. Estaba, sin saberlo, maduro para unirse al Partido Comunista. En Cambridge se había encontrado con otros izquierdistas inteligentes que compartían su criterio de que el comunismo era la respuesta a la amenaza creciente de fascismo y la embrutecedora pobreza generalizada por la gran depresión económica que asolaba al mundo desarrollado. Se afilió al Partido Comunista después de comprar un ejemplar del Daily Worker en la estación de Paddington y exclamar al leerlo: «He aquí el sentido común». A principios del verano de 1936 vio el anuncio de una gira médica por la Unión Soviética y se apuntó para salir en agosto.

Poco después de la rebelión militar de julio de 1936, y en respuesta a las llamadas de España de ayuda sanitaria, Isabel Brown, secretaria del comité de ayuda a las víctimas del fascismo, contactó con el doctor Hyacinth Morgan, consejero médico de la gran central sindical laborista, el Trades Union Congress. A su vez, el doctor Morgan se acercó al doctor Charles Brook, un médico generalista que también era secretario de la Asociación Médica Socialista. En consecuencia, el 8 de agosto de 1936, un grupo de doctores, estudiantes de medicina y enfermeras, todos simpatizantes de la Segunda República española,
se reunieron en el club nacional de los sindicatos en Londres para considerar la manera de enviar ayuda médica urgente a España. Profundamente interesado ya en los acontecimientos de España y alertado ahora por un anuncio en el diario comunista, The Daily Worker, Reggie Saxton fue uno de los asistentes e, inevitablemente, quiso involucrarse. De la reunión salió el comité de ayuda médica y se efectuó inmediatamente una llamada por toda la nación pidiendo fondos. En unos días se había recogido dinero suficiente para permitir el montaje de vehículos, suministros y personal médico.

La primera unidad salió para España el 23 de agosto. El hospital inglés se estableció en una granja requisada en Grañen, en la provincia de Huesca, aproximadamente a dieciocho kilómetros detrás del frente de Aragón. Sin embargo, aunque Reggie se había comprometido para ir a España, no formó parte del primer grupo de médicos porque había decidido proseguir con su viaje a la Unión Soviética. Visitó Leningrado, Moscú, Kharkov y los puertos del Mar Negro, Sevastapol y Odessa. Fue a numerosas instituciones médicas y quedó profundamente impresionado por el interés soviético en la medicina preventiva. Con sus convicciones socialistas reforzadas volvió a Inglaterra más determinado que nunca para acudir a España y sumarse a la lucha contra fascismo.

Cuando salía de Reading a mediados de septiembre de 1936, Reggie fue entrevistado por un periódico local. Al preguntarle por qué iba a España, conteSt.: «Vamos a ayudar a los heridos de ambos lados. Como no podemos estacionar en ambos lados, estaremos junto al gobierno con el que simpatizamos, por ser el gobierno de España elegido democráticamente». Alto y de pelo rubio, Reggie Saxton no llegaría a Grañen hasta el 29 de septiembre de 1936, y lo hizo con el segundo grupo de doctores y enfermeras. Halló el «pueblecito barroso, más bien atrasado», donde, diría después, «teníamos este edificio viejo, sucio, con un sistema de desagüe absolutamente inútil, y así sucesivamente -el patio de la parte trasera estaba lleno de excrementos-, y, en conjunto, era un lugar de lo más antihigiénico».

La mayor parte del tiempo lo pasaba aprendiendo español y limpiando la suciedad en el patio. En octubre, el grueso de la lucha se había trasladado al centro de España, ya que Franco había montado su gran asalto a Madrid, pero el personal en el hospital de Grañen se vio atendiendo las necesidades médicas de la población local. Eternamente alegre, Reggie se convirtió en una figura popular, distribuyendo cataplasmas y píldoras de su mochila, pero estaba deseoso de colaborar más eficazmente en el esfuerzo de la guerra. Él y otros pensaron que sería mejor para la unidad médica británica formar parte de las Brigadas Internacionales que se habían formado en Albacete. Fue primero a Barcelona con un colega de Londres, el doctor Alexander Tudor Hart. Como ambos hablaban bien francés, fueron destinados al hospital móvil de la XIV Brigada Internacional franco-belga. Reggie tuvo problemas para trabajar con Tudor Hart porque «le gustaba llevar la contraria y era muy dogmático» y proclive a levantar montañas de la nada.

Disipada la «unidad médica británica», el grupo de Grañen representó un papel crucial en las diversas batallas para el control de Madrid. Levantaron un hospital improvisado en la sierra de Guadarrama, en un hotel conocido como Sol y Aire. Allí, Saxton, con dos enfermeras y Rosaleen Smythe de secretaria y administradora, dirigió el hospital hasta principios de febrero de 1937. Habiendo fallado en su ataque frontal sobre la capital, Franco estaba intentando cercar la ciudad. A principios de febrero de 1937, el Batallón Británico de las Brigadas Internacionales estaba inmerso en feroz lucha mientras la República resistía los esfuerzos de Franco por rodear Madrid en lo que llegó a conocerse como la batalla del Jarama. La XIV Brigada incorporada ahora a la 35 División y el personal médico británico pasaron a formar parte de los servicios médicos de la División. Con el doctor Alexander Tudor-Hart y el distinguido cirujano catalán Moises Broggi, el doctor Saxton fue enviado a montar un hospital de campo a Villarejo de Salvanés, en la carretera Madrid-Valencia. Al llegar bien entrada la medianoche, tras un viaje difícil sin posibilidad de encender las luces del camión, después de vagar por la oscuridad del campo, se encontraron con el edificio más grande del pueblo, un club en una mansión que había pertenecido a donjuan de Austria.

Tras persuadir a un renuente conserje para que abriera, requisaron el bar del hotel para el quirófano porque tenía agua corriente y juntaron tres mesas para operar. Recogieron bancos de la sala de reuniones y organizaron una sala de unas veinticinco camas. Reggie estaba frustrado por la insistencia de Tudor Hart en arreglos complejos para salas VIP de generales y otros que podrían tener información militar delicada. «El doctor Hart gozaba de buenas ideas, pero muchas de ellas fantasiosas. Tenía casi siempre la cabeza en las nubes y los pies, a menudo, también». A la mañana siguiente, los heridos empezaron a llegar. Saxton y Tudor Hart trabajaron incansablemente, ya que sólo  en los primeros cinco días se trajeron setecientos heridos del frente del Jarama. Reggie trabajaba principalmente en la clasificación, priorizando pacientes y preparándolos para la cirugía. Estaba horrorizado ante el número de gente que había perdidomucha sangre y desesperado por la necesidad de transfusiones. El personal del hospital era insuficiente para donar la sangre necesaria
y, al mismo tiempo, estaban bajo excesiva presión como para salir a la calle y buscar donantes civiles. Por ello, Reggie se obsesionaba con la idea de conseguir los medios de transfusión apropiados y necesarios. Cuando estaba a punto de caer en la desesperación, «un doctor canadiense, cual hada madrina, apareció en el umbral de la puerta».

El problema de conseguir suministro de sangre para el frentehabía sido resuelto por el gran médico canadiense entusiasta de la medicina socializada, el doctor Norman Bethune. Tras su llegada a España a principios de noviembre de 1936, en el momento álgido del sitio de Madrid, Bethune había notado que «en todas las guerras modernas, incluso los servicios médicos mejor organizados adolecían de un defecto serio. Nunca se hacían provisiones para los heridos que sangraban hasta morir en los campos de batalla, o fallecían en el viaje del frente al hospital base, o para los que estaban tan debilitados por pérdida de sangre o el trauma que eran incapaces de sobrevivir a la cirugía una vez llegaban al hospital base». Él creía que era posible proporcionar transfusión directa en el frente y, por consiguiente, propuso organizar a los donantes en las ciudades, métodos de almacenar la sangre y una unidad de transfusión móvil para llevarla al frente. Fue a Londres y a París para obtener equipamiento.

A su regreso, la primera semana de diciembre de 1936, propuso la creación del Instituto de Transfusión Hispano-Canadiense en Madrid. Lo que llamó «un sistema de entrega de leche con pretensiones médicas» implicó el reclutamiento de donantes de sangre, el desarrollo de formas de almacenarla por citración y refrigeración y el diseño de una furgoneta refrigerada.

Cuando Bethune dejó el trabajo en el frente y apareció en Villarejo, Saxton ya había tenido que convertirse en un experto en transfusiones por defecto. «Yo era la única persona con título de médico en el hospital que no estaba involucrada en cirugía mayor. Teníamos tres cirujanos trabajando todo lo que podían exclusivamente en cirugía. Los estudiantes de medicina que había eran los anestesistas y luego estaban las enfermeras, que lo resolvían todo. Y yo no era un cirujano -bueno, podía arreglármelas en cirugía menor-, pero no era capaz de acometer la cirugía mayor. No era algo que fuera conmigo, es decir, no era un gran cirujano, pues no tenía la habilidad y conocimiento, la comprensión, la experiencia para hacer cirugía mayor, cirugía abdominal o, digamos, amputaciones importantes. Tenía que hacer de todo lo demás. Y por eso era la única persona disponible y dijeron: “Saxton, usted debe hacer el trabajo de transfusión”. De modo que bajé a ver qué tenía que ofrecernos Norman Bethune y engullí con gusto todo lo que nos pudo dar o aconsejar».

El doctor Saxton desarrolló técnicas para usar la sangre embotellada. Dijo más tarde que «no teníamos en ese momento ninguna jeringa de transfusión ni agujas satisfactorias. Yo reuní, sin embargo, dos juegos de instrumentos para diseccionar venas e insertar una cánula». La sangre se echaba por un embudo metido en un tubo de goma unido a la cánula. En una visita posterior a Villarejo, Bethune trajo instrumentos que permitieron a Reggie empezar a conseguir sangre de los donantes locales, incluso una jeringa bidireccional Jubet que permitía las transfusiones de brazo a brazo. La batalla del Jarama se prolongó varias semanas y Reggie, con sus colegas, sólo pudieron sacar unas horas o minutos de sueño, ya que allí parecía no tener tregua la llegada de heridos.

En agosto de 1937 se tomó un breve descanso en Inglaterra. De camino a París visitó la gran exposición donde se exhibía el Guernica de Picasso. Gracias al comité de ayuda médico español en Londres pudo volver con más jeringas Jubet. También consiguió un dispositivo que podía bombear sangre de una botella, o de un donante a un paciente, a una determinada proporción 33. Sus técnicas para transfusiones preoperatorias salvaron muchas vidas. El Instituto de Transfusión de Sangre Hispano-Canadiense, dirigido por doctor Bethune, proporcionaba sangre por medio de la furgoneta refrigerada que había diseñado y que hacía diariamente el peligrosísimo viaje al frente. Cuando eso no era suficiente, Saxton también clasificaba la sangre de cualquier brigada que pudiera ser una baja potencial o donante y, donde era posible, la de los civiles locales. Trabajaba con las organizaciones izquierdistas de los pueblos cercanos para persuadir a la gente a dar sangre. Sabía que cuanto antes se trataran los heridos, menos muertes habría y mejor oportunidad tendrían de recuperarse. En cuanto los civiles vieron el efecto de las transfusiones estuvieron más dispuestos a dar su propia sangre. Y cuando tenía que trabajar en el frente en medio de ataques nacionales pedía a las enfermeras que dieran sangre.

Por lo tanto, una de las mayores contribuciones a la medicina militar de los servicios médicos republicanos, y en la que Saxton representó un papel significativo, fue la organización que permitió un tratamiento rápido en los hospitales de campaña muy cerca del frente de combate, apoyados por hospitales quirúrgicos móviles. David Zagier, periodista sudafricano, con cierta exageración debida a la admiración que sentía, escribiría luego que Saxton «salvó miles de vidas que de otra forma se habrían perdido, y se ganó el apodo de “Saxton el transfusor”. Él fue quien había organizado los servicios de transfusión de sangre en diversos frentes bajo condiciones increíblemente difíciles -un servicio del que el cuartel general de un ejército bien provisto y ricamente financiado habría estado orgulloso-. Llevar a cabo centenares de transfusiones mensualmente, prácticamente encima de la línea del frente, dentro de quirófanos de ambulancias a menudo provenientes de camiones viejos; organizar el suministro de sangre fresca en el calor ardiente del verano español; reunir los equipamientos requeridos en un país en guerra y sin los medios suficientes; y, finalmente, continuar con ese trabajo bajo una lluvia de balas y formar a otros para hacer el mismo -eso fue algo que pocos doctores extranjeros tuvieron la fortuna y fueron suficientemente capaces de lograr-o No es exagerado decir que, aparte de su valor puramente humanitario, el trabajo del doctor Saxton en España hizo historia en terapéutica de campaña, según sus colegas y admiradores legos me aseguraron».

A finales de mayo de 1937, el equipo médico de la 35 División del ejército republicano se trasladó a la sierra de Guadarrama. El doctor Saxton organizó los servicios de transfusión en el hospital preparado en el Club Alpino, una estación de esquí en lo alto de la montaña. Después, le enviaron para organizar la evacuación de un hospital en El Goloso, en las afueras de Madrid. Sus obligaciones comprendían la recepción de los pacientes evacuados del frente y el envío de los recuperados al hospital base, tratar con un importante cirujano español que odiaba a los extranjeros, «el fracaso de los suministros de agua y comida, disponer a los muertos, las quejas de los pacientes, etc.». Su habilidad en la transfusión de sangre fue crucial en la carnicería que se organizó en la batalla de Brunete en julio de 1937. Fue una experiencia desgarradora.

Después de las luchas heroicas de la República por mantener Madrid, Franco había trasladado sus fuerzas al norte. Bilbao cayó a mediados de junio. En un intento por detener la reducción inexorable de su territorio, una ofensiva de diversión se lanzó en Brunete, en la llanura árida a quince millas al oeste de Madrid, el 6 julio. Casi 50.000 soldados cayeron sobre las líneas franquistas, pero las condiciones de calor extremo y la gran confusión echaron por tierra la disciplina republicana. Pese a la irrelevancia estratégica de Brunete, Franco atrasó su campaña del norte, contento de tener la oportunidad de aniquilar grandes cantidades de tropas republicanas en el curso de la batalla. Durante diez días, en uno de los encuentros más feroces de la guerra, los republicanos defendieron el saliente que habían recuperado luchando contra la aplastante artillería y los ataques aéreos, como algunos realizados por el recientemente introducido Messerschmidt Bf 109. A costa de 20.000 de sus mejores soldados y un equipamiento muy valioso, la República había retrasado ligeramente el eventual derrumbamiento del norte.

Con la unidad médica ahora trasladada a El Escorial, el doctor Saxton había trabajado largas horas en las transfusiones de sangre según iban llegando los cuantiosos heridos. Durante la batalla intentó en vano salvar la vida de ]ulian Bell, hijo de la pintora Vanessa Bell y sobrino de Virginia Woolf. Iba conduciendo una unidad de ambulancia con base en un olivar del pueblo de Villanueva de la Cañada. Hacia el final de la batalla, en el primer aniversario del estallido de la Guerra Civil española, el 18 de julio de 1937, Bell y algunos camaradas habían salido en un camión a reparar baches en la carretera ocasionados por los obuses. Al ser ametrallados por un avión nacionalista, se arrastraron bajo el camión para protegerse pero, según contó más tarde Reggie Saxton, «un trozo de metralla de una bomba pasó horizontalmente por el suelo y le pegó en el pecho. Debió golpearle en la cartera, así que muy probablemente fue directo a los pulmones metiéndole parte del billetero y su contenido en ellos. Estaba muy mal cuando lo vi». Al regresar a El Escorial, Bell reconoció a Saxton diciéndole: «¡Gracias a Dios que eres tú!». Saxton le hizo la transfusión de sangre y Moises Broggi se esforzó por quitarle la granada de metralla de los pulmones: «No teníamos los medios necesarios para la operación de pulmón, así que debido a la presión atmosférica (…) Todo lo que Broggi pudo hacer fue limpiar la superficie y extraer trozos de cosas que podían abrir los conductos respiratorios». Reconociendo que era un caso desesperado, le dieron morfina y se murió doce horas después. Cuando Reggie volvió de permiso a Inglaterra llevó a Vanessa Bell los efectos personales de Julian Bell. Al final de la batalla, la mitad de la unidad médica británica había caído muerta.

Al llegar al otoño de 1937, el doctor Saxton se encontraba dirigiendo un nuevo hospital improvisado en Grañen, donde apenas había comida ni agua limpia e, inevitablemente, se produjo una epidemia tifoidea. A principios de 1938, con la batalla de Teruel rugiente en feroces condiciones de temperaturas bajo cero, estaba ayudando a organizar un hospital en el pueblo de Cuevas Labradas, al norte de la ciudad. Bajo el constante bombardeo aéreo, el personal médico compartía su comida con los campesinos locales e impartía clases de lectura a las mujeres del pueblo que les ayudaban, pero la mayoría no asistía a las clases porque los sacerdotes les decían que eso era de ateos. En el invierno de 1937 diseñó un laboratorio móvil que se montó en el chasis de una ambulancia Ford dañada por las bombas.

Le dijo al periodista sudafricano David Zagnier: «La carrocería se construyó según las especificaciones de nuestro principal técnico del laboratorio en Albacete a finales de noviembre y principios de diciembre de 1937. El laboratorio en sí mismo tenía una mesa adecuada, varios armarios, cajones, estantes, perchas, tanque de agua, fregadero y espacios en las cuatro esquinas para los instrumentos mayores que esperamos adquirir (y desde entonces habíamos adquirido) -autoclave, incubadora, nevera y horno-o El conjunto estaba equipado eléctricamente de modo que pudiera enchufarse a cualquier suministro eléctrico local. Se construyó un cuartito adecuado entre el asiento del chofer y el laboratorio, y dentro de él, el material de trabajo iba en grandes cajones al viajar, pero cuando se retiraban los cajones había sitio para dormir en tres literas».

A lo largo de la batalla de Teruel, Saxton trabajó a todas horas con los heridos. Un periodista describió una escena típica: «La imagen del doctor Saxton que siempre permanecerá en mi mente es la de las afueras de Teruel. Estaba envuelto en un gabán de caqui grande, salpicado de barro y, como siempre, callado y tranquilo. Estaba de rodillas al lado de una camilla en la que un soldado español yacía, muriéndose de una herida terrible en la pierna. Colocó la mesa que él mismo había diseñado para trabajar, y el fiel Angelito (el ayudante español de Reggie) trajo los instrumentos y la sangre calentada. Ojalá que los donantes británicos de esos instrumentos pudieran haber visto a ese mismo hombre agonizante recuperándose después de unos días».

Entre la carnicería, Saxton halló tiempo para dedicarse a la elaboración técnica del laboratorio. El trabajo llegó a la fruición en los días posteriores a la derrota de Teruel, con el ejército republicano en retirada ante las fuerzas franquistas. «Comenzando con poquísimos reactivos y con instrumentos bastante inadecuados, adquirimos gradualmente en el curso de tres meses suficiente material para hacer todo tipo de trabajo de laboratorio que pudiera ser de interés en cualquier lugar cerca del frente. La mayoría del equipo se salvó de Teruel mientras la ciudad era destruida por la artillería enemiga.

Otro material se obtuvo por intercambio con otros laboratorios, y una cierta cantidad se compró en dos visitas rápidas a las grandes capitales de Madrid, Valencia y Barcelona». Debido a la imposibilidad de conseguir corriente eléctrica adecuada cerca del frente, Reggie se hizo mecánico y electricista y lograba actuaciones milagrosas e ingeniosas para mantener el refrigerador en marcha y la sangre fresca. El laboratorio se usó tanto para el análisis de sangre y orina como para comprobar los suministros de agua y leche. En un momento dado pudo descubrir que la leche de las cabras que se suministraba
a un hospital donde estaba emplazado estaba muy aguada. Durante la batalla del Ebro, Saxton exploró la posibilidad de hacer transfusiones de cadáveres, pero finalmente abandonó el experimento por consideraciones éticas y obstáculos técnicos. No obstante, su trabajo en transfusiones fue publicado por la prestigiosa revista médica británica Lancet y fue influyente en el establecimiento de los bancos de sangre en Gran Bretaña en vísperas de la Segunda Guerra Mundial.

Las experiencias de Saxton en España habían intensificado su compromiso con el Partido Comunista. En mayo de 1938, cuando se le obligó a él, como a todos los brigadistas internacionales, a rellenar un impreso sobre su vida y valores, sus convicciones se reflejaron en una descripción de sus padres como «socialistas pequeño-burgueses». En el verano de 1938, la República emprendió su último intento de victoria con su gran ofensiva por el río Ebro, encaminada a unir las dos mitades de la zona leal. Durante la feroz batalla que siguió en los próximos tres meses, con el gran médico de Nueva Zelanda Douglas Jolly, llevó su unidad móvil de transfusión de sangre a un hospital de emergencias en una enorme cueva al lado de una colina, cerca del pueblo de La Bisbal de Falset. David Zagier, el periodista sudafricano, visitó la cueva en julio de 1938 y quedó profundamente impresionado por el buen humor y el trato delicado a pacientes y personal de Reggie. Acabó la sección de sus memorias consagrada al hospital de la cueva con las palabras: «Pensé, mientras miraba fijamente a la cueva oscura, que un día los nuevos españoles libres erigirían una estatua delante de esta cueva. Una estatua en honor a un hombre llamado Dr. Reginald Saxton».

Por decisión del gobierno de la República, con el resto de los voluntarios británicos, Reggie fue obligado a abandonar España a principios de noviembre de 1938. Esta decisión le dejó como desdichado, «como las ratas escapándose de una nave hundiéndose». «Mi moral estaba baja -yo no puedo hablar por otras personas-. Y todo el tiempo tuvimos una especie de esperanza, incluso casi hasta el último momento sentíamos que había una posibilidad de que saliéramos victoriosos. No pude comprenderlo (…) constantemente me decía: “¿Cómo puede el gobierno francés tolerar otro gobierno fascista?” Tenían a Hitler a un lado, a Mussolini cerca. “¿Cómo podrían permitir que otro gobierno fascista se estableciera en su otro flanco?”».

Mientras estuvo en España, Reggie se había enamorado de su administradora médica, Rosaleen Smythe, una muchacha de clase obrera de Limbury, cerca de Luton. En el documento autobiográfico sometido al Partido Comunista español citó a Rosaleen, junto al doctor Len Crome, como los dos camaradas con quienes tenía relaciones más íntimas en España. De hecho, a pesar de la intensidad de sus sentimientos con Rosaleen, las circunstancias agitadas de la guerra evitaron cualquier formalizacion de su relación. En una entrevista con The Guardian en 2003 comentaba: «Según pasaba el tiempo sentía que ella y yo nos fundíamos en una persona. Pero el matrimonio era una cosa mucho menor que la guerra y era algo de lo que nunca hablábamos». Ella comentó: «Cuando se está en una situación donde la vida y la muerte no valen nada, estos asuntos sociales menores ocupan un segundo lugar. En España, nadie hacía planes para el futuro». Reggie había dado por supuesto que al volver a Inglaterra se casarían, pero una vez allí dudó ante la desaprobación de Rosaleen por su familia. Rosaleen, insegura de un futuro con Reggie, se puso de acuerdo con Alan Ross, un voluntario del batallón canadiense Mackenzie-Papineau de las Brigadas Internacionales, para irse juntos a Canadá. Se casaron y establecieron en Vancouver. Durante un período de depresión profunda, provocada tanto por la derrota de la República española como por la pérdida de Rosaleen, Reggie tuvo que ganarse la vida como pudo con trabajos esporádicos de interino en el hospital londinense de St. Bartholomew y en otros sitios. Luego, al ver que otro amigo que había conocido en España, el doctor Jerry Shirlaw, había conseguido un trabajo en precauciones ante ataques aéreos a base de sus experiencias en la Guerra Civil española, Reggie empezó a buscar trabajos similares y finalmente vio un anuncio para funcionarios médicos en el servicio de precauciones ante bombardeos aéreos de Brighton. De este modo se convirtió de 1939 a 1941 en ayudante de la Oficina Médica de Salud (Defensa Civil) en Brighton, donde pudo poner en práctica su experiencia española en precauciones ante los ataques aéreos.

Posteriormente, cuando le llamaron a filas al principio de la Segunda Guerra Mundial, consiguió que le enviaran al servicio de transfusión de sangre del cuerpo médico real del ejército británico. Sirvió en dicho cuerpo durante toda la guerra y llevó a Burma una unidad muy similar a la que había creado en España.

Se comentó su valentía en su hoja de servicios y alcanzó la graduación de comandante. La Guerra Civil española seguió siendo la experiencia más crucial en la vida de Reggie, y no sólo por sus sentimientos hacia Rosaleen. «Fue muy importante para mí en el plano afectivo y para todos nosotros, estoy seguro. Se nos grabaron cosas tan profundamente que, aunque quisiéramos, no las podríamos olvidar. Y determinó la clase de amigos que hice, el tipo de personas que rechacé como amigos y lo que realicé en mi vida. Fue una gran fuerza determinante».

Después de la guerra, Reggie ejerció de médico de cabecera en Patcham, cerca de Brighton. Finalmente se casó con Betty Cogger, una antigua actriz que tenía un hijo y una hija de un matrimonio anterior. Tuvieron dos hijos suyos, Rosaleen y Christopher. Reggie fue, sin lugar a dudas, un padre maravilloso, sin hacer distinción entre sus propios hijos y sus hijastros. Con Betty se fue a trabajar en 1962 de médico de cabecera a Glyncorrwg, un pueblo minero de Rhondda Valley, conjuntamente con el doctor Julian Tudor-Hart, hijo de su antiguo camarada en España, Alexander. Permaneció políticamente activo como veterano antiguerra tanto en las campañas contra el armamento nuclear como en “Médicos contra las bombas” a lo largo de su vida. Al jubilarse volvió a East Sussex, donde trabajó a tiempo parcial para el servicio de planificación familiar.

Rosaleen se había divorciado finalmente, su matrimonio se marchitó por sus perdurables sentimientos hacia Reggie. Se encontraron en la reunión de las Brigadas Internacionales de 1996 en Madrid. Se mantuvieron en contacto y, cuando él enviudó en 1998, se fueron a vivir juntos a Canadá. En 2001 participó en una emotiva reunión en el hospital de la cueva en Falset. Tras sufrir Reggie un ataque cardíaco en 2002, él y Rosaleen volvieron a Inglaterra. Aunque frágil y con más de noventa años, con la vista y el oído disminuidos, tan mentalmente alerta como siempre, Reggie hizo campaña contra la guerra en Irak. Falleció en el hospital de Worthing el 27 de marzo de 2004.

Ésta podría haber sido la historia de otros doctores que fueron igualmente valerosos, idealistas y profesionales en el servicio a las Brigadas Internacionales. No obstante, los dos que aquí se presentan fueron ejemplares y representan a muchos otros. Sus historias, de alguna manera, dan idea de la dedicación y el sacrificio que caracterizó a los hombres y mujeres de las Brigadas Internacionales en los servicios médicos.

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