La Grecia de los Coroneles

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Daniele Ganser

Laughlin Campbell, el jefe de la estación CIA de 1959 a 1963 [en Atenas], temía una victoria de la izquierda en las elecciones nacionales de octubre de 1961. Así que numerosos electores fueron obligados, a través de la amenaza o a cambio de dinero, a votar según las directivas del KYP (1). En algunas localidades, los candidatos que gozaban del respaldo del ejército y de la CIA obtuvieron una cantidad de votos superior a la cantidad de personas en edad de votar. Todo funcionó conforme a lo previsto y la Unión del Centro, tan temida por su inclinación a la izquierda, obtuvo solamente un tercio de los sufragios y 100 escaños en el Parlamento. Su líder, Georgios Papandreu, denunció el fraude electoral y logró que se creara una comisión independiente y que se abriera una investigación que confirmó sus acusaciones. Papandreu prometió entonces al gobierno una lucha sin tregua.

Con un verdadero respaldo popular, Papandreu tuvo el coraje de desafiar a la CIA y el KYP y, en 1963, obligó al primer ministro proestadounidense Constantinos Karamanlis a presentar su renuncia. Las tensiones se acentuaron con las elecciones de 1963, cuando la Unión del Centro obtuvo un 42% de los sufragios y 138 escaños en el Parlamento. A la cabeza del primer partido de la Unión, Papandreu fue nombrado primer ministro en febrero de 1964. Por primera vez desde la ocupación alemana, la derecha griega se veía a punto de perder gran parte de su peso político. Papandreu tenía en sus manos las riendas del poder por 4 años, lo cual “estremeció el establishment conservador. Para muchos, incluyendo a ciertos consejeros de primera importancia, aquello permitía presagiar una toma inminente del poder por parte de los comunistas, cosa que estaban muy decididos a contrarrestar”. Había que derrocar al primer ministro Georgios Papandreu.

Jack Maury, quien había sustituido a Campbell a la cabeza de la estación CIA en Atenas, recibió orden de deshacerse de Papandreu. A Maury le gustaba hacer alarde de su poder: vestía trajes ostentosos, portaba enormes alianzas y conducía un escandaloso automóvil estadounidense “más grande que el del embajador”, como él mismo solía subrayar. Conspiró secretamente con el rey Constantino y con oficiales monárquicos y conservadores del ejército griego y, en 1965, obtuvo la renuncia de Georgios Papandreu por prerrogativa real. El periodo que siguió a aquel golpe de Estado silencioso estuvo caracterizado por una secuencia de gobiernos efímeros y por los esfuerzos clandestinos del KYP, aconsejado por el agente, Constantinos Plevris, tendientes a condicionar el clima político.

Varios atentados se produjeron por entonces en el país. En 1965, una explosión destruyó el puente de Gorgopotamos en el preciso momento en que la clase política en su conjunto conmemoraba la resistencia contra el fascismo. Se trataba de un hecho altamente simbólico ya que los griegos estaban particularmente orgullosos de haber impedido que los alemanes destruyesen aquel puente durante la ocupación. El atentado dejó 5 muertos y un centenar de heridos, muchos de gravedad. “Después de todo, estábamos oficialmente entrenados para el terrorismo”, comentó posteriormente un agente implicado en operaciones stay-behind [de la CIA], subrayando así el poderoso respaldo del que habían gozado aquellos hombres.

Aquel respaldo provenía de la administración del presidente estadounidense Lyndon B. Johnson, quien ya se había ocupado de hacerle saber al gobierno griego que las decisiones sobre la cuestión de Chipre se tomaban en Washington. En el verano de 1964, el presidente Johnson había convocado al embajador griego Alexandre Matsas a la Casa Blanca y le dijo que los problemas de Chipre tenían que resolverse dividiendo la isla en dos zonas, una griega y otra turca. Matsas se negó, provocando así la cólera de Johnson: “Óigame bien, señor embajador. No me importan ni el Parlamento ni la Constitución de ustedes. Estados Unidos es un elefante. Chipre es una pulga. Grecia es otra pulga. Si dos pulgas siguen molestando al elefante, el elefante puede aplastarlas con un golpe de trompa ¡de una vez y por todas!”

Como subrayaba Johnson, el gobierno griego tenía que someterse a las órdenes de la Casa Blanca. “Los griegos se benefician ampliamente con los dólares de Estados Unidos, señor embajador. Si su primer ministro sigue hablándome de Democracia, de Parlamento y de Constitución, puede ser que no le queden mucho tiempo por delante a él, ni a su Parlamento, ni a su Constitución”.

Ofendido, Matsas trató de protestar: “Yo no puedo tolerar este tratamiento”. Pero Johnson prosiguió: “No olvide usted repetirle a su viejo Papa-no-sé-qué lo que acabo de decirle. No olvide decírselo. ¿Me oye usted?”. Matsas envió un cable al primer ministro Georgio Papandreu. Cuando la NSA interceptó el mensaje, sonó el teléfono de Matsas. Era el presidente Johnson: “¿Usted quiere tener problemas, señor embajador? ¿De verdad quiere que yo me ponga molesto? Esa fue una conversación privada. No se suponía que usted repitiera los términos que yo utilicé ante usted. Tenga cuidado”. Clic. Fin de la llamada.

Andreas Papandreou, el hijo del primer ministro […] durante la Segunda Guerra Mundial había servido en la marina estadounidense y, después de 1945, la CIA se acercó a él para que se uniera al buró político de la zona mediterránea. Cuando entendió, a fines de 1950, el papel que Estados Unidos estaba desempeñando en Grecia, rompió relaciones con la CIA y volvió a su país natal, donde se convirtió en uno de los más enérgicos detractores de la política estadounidense. Con un estilo demagógico que recuerda el de Castro, el joven Papandreu arremetía en sus inflamados discursos contra la injerencia de Estados Unidos en los asuntos de Grecia, contra la OTAN, contra la corrupción del rey, contra los partidos conservadores y las élites griegas en general.

El Pentágono y la CIA montaron en cólera al ver que un segundo Papandreu se atrevía a desafiar la presencia estadounidense en Grecia. Para el periodista Peter Murtagh, “es difícil de imaginar el odio que sentían la derecha conservadora y la CIA por el hijo del primer ministro”. En 1964, Andreas Papandreu, quien asumía funciones ministeriales, descubrió que el KYP espiaba regularmente las conversaciones de los miembros del gobierno y transmitía a la CIA la información que obtenía por aquella vía. Lleno de cólera, revocó a dos altos responsables del servicio sustituyéndolos por otros dos agentes considerados fiables a los que ordenó poner fin a toda forma de cooperación con la CIA. Sin embargo, como contó el propio Papandreu, el nuevo director del KYP “volvió disculpándose y explicando que no podía hacerlo. Todo el equipamiento era estadounidense y controlado por la CIA o por griegos que a su vez estaban a las órdenes de la CIA. Ya no era posible establecer la diferencia entre los dos servicios. Estaban construidos siguiendo la misma estructura y cada responsable tenía su homólogo. En concreto, formaban una única agencia”.

Como Andreas Papandreu seguía desafiando al KYP, Norbert Anshutz, el adjunto del jefe de misión de la embajada de Estados Unidos, se reunió con él y le aconsejó anular las órdenes que había dado al KYP. Papandreu se negó y ordenó al representante estadounidense que saliera inmediatamente de su despacho, a lo cual Anshutz –muy molesto– respondió advirtiéndole que aquello “tendría consecuencias”.

El golpe de Estado militar se produjo en la noche del 20 al 21 de abril de 1967, un mes antes de las elecciones en las que todos los sondeos –incluyendo los de la CIA– preveían una victoria de la Unión del Centro, la alianza de izquierda de Georgios y Andreas Papandreu. La LOK (2) desencadenó el golpe, basado en el “Plan Prometeo”, un programa concebido por la OTAN y destinado a concretarse en caso de insurrección comunista. Si había oposición, las instrucciones del plan eran muy claras: “Aplastar sin la menor vacilación toda resistencia del enemigo”.

Hacia la medianoche, la LOK tomó el control del ministerio de Defensa, que –en una muestra de admiración por los estadounidenses– había sido designado como “el Pentágono”. Los hombres de la LOK sólo encontraron una débil resistencia y, bajo las órdenes del coronel Costas Aslanides –un experimentado paracaidista– se apoderaron del edificio. Con el Pentágono ya ocupado por los golpistas se dio paso a la segunda etapa del plan: aprovechando la oscuridad de la noche, fuerzas blindadas penetraron en la capital y, bajo las órdenes del general Stylianos Pattakos, rodearon la sede del Parlamento, el Palacio Real, los edificios de la radio y los centros de comunicaciones. A la cabeza de su columna de tanques, el general Pattakos siguió el mismo itinerario que habían recorrido los alemanes cuando conquistaron Atenas, en abril de 1941. De vez en cuando, los blindados se detenían y oteaban los alrededores en busca de indicios de una posible resistencia. Resistencia que no encontraron. Atenas dormía.

Aquella noche Georgios Papandreu, quien ya por entonces contaba 78 años, también dormía en su modesta casa de paredes blancas en Kastri, a pocos kilómetros de la capital. Como en todos los golpes de Estado, el plan era espantosamente simple. Varios hombres armados tocaron a su puerta, arrestaron a Papandreu y se lo llevaron en uno de los dos vehículos militares enviados para rodear su casa. En el mismo momento, 8 hombres irrumpieron en el domicilio de Andreas Papandreu. Siete de ellos portaban fusiles con bayoneta calada y el octavo una metralleta. En medio de la confusión, Andreas logró escaparse por el techo pero uno de los soldados finalmente lo obligó a rendirse apuntando su arma a la cabeza de su hijo de 14 años. Siguiendo los planes extremadamente precisos trazados de antemano, en las siguientes 5 horas escuadrones militares arrestaron a más de 10.000 ciudadanos y los condujeron a “centros de recepción”.

Un año después, el coronel Yannis Ladas, entonces director de la policía militar griega y con 47 años de edad, subrayó con orgullo en una entrevista la precisión y rapidez con las que se había aplicado el plan de la OTAN. “En sólo 20 minutos, todos los políticos, todos los individuos, todos los anarquistas que figuraban en los listados fueron capturados […] era un plan muy simple, un plan diabólico”.

Al despertarse en la mañana, la población griega notó primero que los teléfonos estaban interrumpidos, antes de darse cuenta de que los militares habían tomado el poder. A las 6 de la mañana, el coronel Georgios Papadopulos anunció a través de los medios de prensa que había tomado el poder en defensa de la democracia, de la libertad y la felicidad. Once artículos de la Constitución fueron suspendidos. En lo adelante, los ciudadanos podían ser arrestados de inmediato, sin orden de arresto, y enviados ante un tribunal militar. Se prohibieron las manifestaciones y huelgas y se congelaron las cuentas bancarias. El hombre fuerte de Atenas, el coronel Georgios Papadopulos, era oficial de enlace del KYP con la CIA desde 1952 y en su servicio lo consideraban como el hombre de confianza de Maury, el jefe de la estación CIA.

Pero en Washington no todos aprobaban los brutales métodos de la CIA. Unos días después del golpe, el senador Lee Metcalf criticó duramente a la administración Johnson y denunció la Junta griega ante el Congreso calificándola de “régimen militar de colaboradores y simpatizantes del nazismo […] que gozan del respaldo estadounidense”. Una semana después del golpe de Estado, el embajador de Estados Unidos en Atenas, Philip Talbot, se quejó a Maury calificando la operación realizada por Estados Unidos de “violación de la democracia”. La respuesta de Maury fue corta: “¿Cómo se puede violar a una puta?”

Debido a la implicación de la Fuerza de Intervención Helénica (LOK), el golpe de Estado militar en Grecia ha sido calificado de “golpe Gladio”. Pero, además de Grecia, existe sólo un país donde los ejércitos secretos anticomunistas perpetraron un golpe de Estado: Turquía. En Italia, la red Gladio realizó un “golpe silencioso” en junio de 1964, la operación “Piano Solo” […]

La junta militar griega consolidó su poder generalizando los encarcelamientos y la tortura, prácticas que no se habían visto en Europa Occidental desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. La mayoría de las personas arrestadas en las horas posteriores al golpe de Estado fueron trasladadas a prisiones civiles o militares. Comunistas, socialistas, artistas, profesores universitarios, periodistas, estudiantes, mujeres implicadas en la política, eclesiásticos así como sus familias y amigos fueron torturados. Se les arrancaban las uñas, se les golpeaban los pies a bastonazos hasta que se les desgarraba la piel y se les rompían los huesos. A las mujeres les introducían objetos cortantes en la vagina. A muchos detenidos les metían trapos sucios –a menudo con orina o excrementos– en la garganta para asfixiarlos, les insertaban en el ano tubos con los que se les inyectaba agua a muy alta presión, se les aplicaban choques eléctricos. “Aquí todos somos demócratas”, afirmaba el inspector Basil Lambro, jefe de la policía secreta de Atenas. “Todos los que son traídos aquí hablan. Usted no va a echarnos a perder nuestras estadísticas”, agregaba. Aquel torturador exponía claramente la situación a sus víctimas: “Nosotros somos el gobierno. Ustedes no son nada. El gobierno no está solo. Está respaldado por los estadounidenses”.

Si estaba de humor para ello, Lambro hacía incluso su análisis geopolítico: “El mundo se divide en dos bandos: los rusos y los estadounidenses. Nosotros somos los estadounidenses. Alégrese de que lo hayamos torturado un poco. En Rusia lo habrían matado”.

La derecha italiana y sus combatientes secretos estaban admirados ante la eficacia con la que los griegos, con la ayuda de la CIA, habían vencido a la izquierda. En abril de 1968, los coroneles griegos invitaron a unos 50 fascistas italianos, entre los que se hallaba el célebre Stefano Delle Chiaie, a viajar a Grecia para que vieran aquello con sus propios ojos. Cuando regresaron a Italia, los miembros italianos del Gladio pasaron a un nivel superior en materia de violencia y comenzaron a poner bombas en lugares públicos. Aquellos atentados, que mataron y mutilaron a cientos de personas, fueron imputados a los comunistas italianos. Fueron entonces los militares de la junta griega los que quedaron impresionados al ver con qué eficacia sus camaradas italianos habían sido capaces de poner a su país al borde del golpe de Estado y, el 15 de mayo, Papadopulos les envió un mensaje de felicitación: “Su Excelencia, el primer ministro, constata que los esfuerzos emprendidos desde hace algún tiempo en Italia por el gobierno griego comienzan a dar frutos”.

La dictadura militar acabó en una implosión debido a la ausencia casi total de apoyo popular cuando los coroneles se embarcaron en una aventura imperialista al financiar –en 1974– un golpe de Estado en Chipre con vistas a sustituir el legítimo gobierno del arzobispo Makarios por un régimen títere que debía permitir la anexión de la isla. En vez de aquello, lo que sucedió fue que las tropas turcas invadieron la isla como respuesta al golpe. Todo ello provocó violentos enfrentamientos que dejaron miles de muertos y que finalmente dieron lugar a la división de la isla entre el norte turco y el sur griego. Los coroneles fueron arrestados y juzgados. Papadopulos fue condenado a muerte por alta traición en 1975, pena posteriormente conmutada a cadena perpetua. Se votó la abolición de la monarquía mediante un referéndum y se adoptó una nueva Constitución.

Notas:

(1) KYP: Servicio de Inteligencia del Ejército
(2) LOK: Fuerza de Intervención Helénica, una parte del ejército griego creado durante la Segunda Guerra Mundual para aplastar a la guerrilla comunista.

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