La RDA

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Entre la 2ª Guerra Mundial y la caída del comunismo, muchas personas se fugaron de Alemania del Este, controlada por los soviéticos, en dirección al oeste. Las historias de estos disidentes, desertores y ciudadanos trabajadores que únicamente buscaban una vida mejor han sido documentadas de forma exhaustiva. Sin embargo, se sabe mucho menos de las historias de aquellos pocos que navegaron contracorriente, desde el oeste hacia el este, rechazando el capitalismo. Victor Grossman fue una de esas personas.

Nacido Steve Wechsler en Nueva York en 1928, la ideología política de Victor fue moldeada por sus experiencias en la Norteamérica de la Gran Depresión y la guerra civil española. Después de conseguir un graduado en ciencias económicas en la universidad de Harvard, sus ideales comunistas le condujeron a llevar una vida sencilla como obrero en una fábrica. En 1950, en los estadios iniciales de la guerra de Corea, Victor fue alistado y, durante un período destinado en Alemania, su pasado izquierdista fue descubierto por los militares. Temiendo tener que comparecer ante un tribunal militar por sus creencias, buscó refugio en el bloque soviético, cambiando su nombre por el de Victor Grossman y estableciéndose con camaradas de similar pensamiento en la República Democrática Alemana.

Durante 30 años, Victor prosperó en la RDA como periodista y escritor. Publicó numerosos libros sobre la cultura y la historia de Estados Unidos, pronunció frecuentes conferencias y fue presentador de un propular programa de radio que introdujo a los alemanes orientales a las canciones folk antisistema de Pete Seeger, Woody Guthrie, Phil Ochs y Bob Dylan. A pesar de sus críticas al sistema imperante en la RDA, Victor seguía creyendo ver su ideal –“un estado antifascista con seguridad económica para todos”– transformado en utópica realidad. Sin embargo, a finales de los 80, se hizo evidente que el sistema soviético no iba a poder seguir sosteniéndose y que pronto se desmoronaría bajo su propio peso. Victor se dio cuenta con amargo pesar de que iba a tener que “volver a empezar desde cero”.

En 1994 volvió por primera vez a EE.UU, donde recibió oficialmente la baja militar, 44 años después de su alistamiento. En la actualidad vive en Berlín, donde sigue escribiendo de forma prolífica en alemán. En 2004 publicó en inglés su autobiografía, Cruzando el río: Un recuerdo de la izquierda americana, la Guerra Fría y la vida en la Alemania del Este. Sin importar lo que cada uno pueda opinar de sus convicciones políticas, la lealtad ideológica de Victor impresiona. Siendo en apariencia un hombre fuera de su tiempo, se me ocurrió que hablar con él me podría proporcionar no solo una ventana con vistas al pasado, sino un contexto diferente para ver el presente.

VICE: ¿Cuándo se desencantó usted con el capitalismo? ¿Fue un proceso gradual o hubo un momento determinante?

Victor Grossman: Los años 30 fueran una época izquierdista. Mi primer recuerdo de un noticiario fue el de la gran huelga-sentada en Flint, Michigan, que condujo a la quiebra a la General Motors. Me acuerdo de eso y de [lo que estaba sucediendo en] España, las colas para recibir comida y los graduados universitarios vendiendo manzanas en una esquina para sobrevivir. Mi padre era marchante de arte. ¿Quién compra arte en épocas de crisis? A menudo teníamos aprietos, pero nunca pasamos hambre. Nunca estuvimos en la calle, sobre todo porque teníamos un bungalow en Nueva Jersey, en una comunidad experimental con un impuesto único llamada Free Acres. Era muy simple; había agua corriente fría, pero no electricidad. Íbamos por ahí descalzos todo el día. Era como en Huckleberry Finn. Mucha de la gente que vivía allí eran bohemios de Nueva York e izquierdistas. Algunas de las personas más agradables que conocí en ese lugar era gente de izquierdas que determinaron de un modo definitivo mi manera de pensar.

Usted estudió en Harvard, pero después de su graduación empezó a trabajar en una fábrica. ¿Por qué?

Cuando me gradué en Harvard, el secretario del partido comunista en Boston vino a vernos y nos dijo, “Tenéis un diploma de Harvard, pero nuestro partido se supone que es el partido de los trabajadores, y no tenemos suficientes. ¿Alguno de vosotros se ha planteado ser obrero?” Yo fui una de las tres personas que dijeron sí. Me dieron una dirección en Buffalo. Fui hasta allá en autoestop y me encaminé a un vecindario de gente negra. Llegué hasta una destartalada casa de madera, y en el porche había una mujer negra de mediana edad sentada en una mecedora. Dije, “Estoy buscando a Hattie Lumpkin, ¿sabe usted dónde puedo encontrarla?”, y ella me dijo, “Soy yo”. Era la presidenta del partido comunista de Buffalo.

La casa de Hattie era un punto de encuentro para los comunistas. La familia para la que seu hija había trabajado era de izquierdas; le pdidieron que se sentara a su mesa y comiera con ellos. Al principio, Hattie le había dicho que se largara de allí con sus ideas ateas, pero lo hablaron y al final fue Hattie la convencida. La casa de Hattie se convirtió en mi hogar lejos del hogar mientras estuve trabajando en el espantoso turno de noche en la fábrica.

¿Sabía alguien en la fábrica que usted tenía estudios superiores?

No se lo dije a nadie. Uno de mis compañeros, al que llamaban “el intelectual”, me preguntó si alguna vez había pensado en ir a la universidad. Por supuesto, la gente se dio cuenta de que yo era un poco diferente. Además, ser judío era algo extraño en la fábrica. La mayoría de los obreros eran polacos, italianos o alemanes. Y casi todos ellos católicos.

Entonces fue reclutado por el ejército, un ámbito mucho más peligroso para un comunista que el de una fábrica al norte de Nueva York. Los reclutamientos empezaron de nuevo en 1948, con la guerra de Corea. Al mismo tiempo, el Acta de Seguridad Interna fue aprobada; una ley que decía que los miembros del partido comunista y organizaciones afiliadas tenían que registrarse ante la policía como agentes extranjeros. Por cada día que no te registraras, eras sentenciado a cinco años en la cárcel. A mí me llegó el aviso de llamada a filas en octubre de 1950. Dejé mi trabajo y volví a Nueva York. Cuando te alistaban tenías que firmar una declaración: “No forma y nunca he formado parte de las organizaciones listadas arriba”. Había más de cien organizaciones en el documento; un par de ellas de corte fascista o nazi, pero entre un 80 y un 90 por ciento eran organizaciones de izquierdas, algunas de los años 20 y 30. Yo formaba parte de una docena de ellas. Pensé, ¿Debería firmar esta maldita cosa?

¿Habría sido excluido del reclutamiento de haber admitido formar parte de esas organizaciones?

Sí, probablemente, pero habría quedado al descubierto. La atmósfera era extremadamente tensa entonces. Cualquier con puntos de vista comunistas era considerado un espía y un traidor. Muchos años más tarde hablé con alguien que había estado conmigo en Harvard; me dijo, “Deberías haberte negado a firmar”. Él lo hizo, arguyendo que iba contra sus derechos constitucionales. Por supuesto, años después el Tribunal Supremo declaró todo el asunto anticonstitucional. Pero yo tenía miedo. Pensé que eran sólo dos años, y que quizá, si mantenía la boca cerrada, podría pasar desapercibido. Me enviaron a Bavaria y me dieron un empleo de dependiente en la compañía. Era un trabajo sencillo, pero cometí un error. Cuando vas al ejército, te dan unos tests para saber en qué eres bueno. Tenían uno para el código morse, y yo lo hice bien, así que me ofrecieron dejar Bad Tölz e ir a Munich para trabajar en la radio. Sabía que no me quitarían la vista de encima, pero claro, era difícil decir que no.

Cuando llegué a Munich no me pusieron a trabajar en la radio. Sabía que algo estaba pasando, pero sólo me quedaban cinco o seis meses y lo único que quería era acabar e irme. Entonces, un día, recibí una carta que decía que me tenía que presentar ante un juez militar porque yo era miembro de seis organizaciones. Ahí fue cuando me entró el pánico. No quería acabar en la cárcel.

¿Cómo cruzó a Alemania del Este?

Cogí un tren hasta Austria, crucé la frontera, llegué a Linz a última hora de la tarde y me dirigí al Danubio. No me atrevía a preguntarle a nadie cómo llegar hasta el río. Simplemente me puse a caminar en la dirección que me pareció la correcta. Por fin vi el río… y tenía casi un cuarto de milla de ancho. Tiré mi chaqueta y mis zapatos al agua, porque pensé que de otro modo no lo conseguiría. Metí mis papeles importantes en una bolsa y empecé a nadar. La corriente me llevó en la dirección correcta.

Imaginaba que habrían soldados soviéticos montando guardia al otro lado del Telón de Acero, pero estaba totalmente vacío. Había un camino paralelo al río. Esperé hasta que estuve seguro de que no venía nadie y comencé a andar. No llevaba zapatos y me había arrancado las mangas para ocultar mi filiación militar. A media tarde me recogió un policía austriaco. Me llevó a la comisaría. Dije que quería hablar con alguien de la comandancia soviética. Parecieron confusos, pero aun así llamaron. Vino un tipo a recogerme en un jeep. Me preguntó mi nombre, de dónde venía, donde había estado destinado, y luego me llevó a ver a los soviets. Lo primero que dijeron fue, “¿Qué le has contado al hombre que te ha traído hasta aquí?” Se lo dije. Resultó que el tipo que me había llevado a la comisaría estaba del lado americano.

Los oficiales me condujeron hasta el cuartel general del ejército soviético. Al llegar me encerraron en una celda dos semanas. Cuando me dejaron salir me llevaron a Postdam y me alojaron en una buena habitación, un sitio realmente elegante con una cama, un gran escritorio, sofá y ventanas con cristales opacos a través de los que no se veía el exterior. Un cocinero ruso me traía las comidas, y un guardia uniformado me acompañaba al lavabo. Había allí más personas, pero no tenía permiso para hablar con ninguna de ellas. Un día, un tipo pasé por delante de mi habitación silbando “Yankee Doodle Dandy”. Casi seguro que es americano, pensé.

Al cabo de dos meses me llevaron a Bautzen, un pueblo a donde los soviéticos enviaban a los desertores occidentales. Conseguí un trabajo acarreando leña. Seis meses después, los soviets vinieron a preguntarme si querría ser el director cultural de su club de reuniones. Dije que sí. Organicé torneos de ajedrez, ping-pong y billar, y también cursos de inglés, bailes y pases de películas. Los americanos y los demás juzgaban que yo estaba de parte de la República Democrática Alemana. Fue muy difícil. Finalmente pude ir a Leipzig para intentar entrar en la universidad. Me hicieron una entrevista y entré.

Obtuvo su título de periodista en la Universidad Karl Marx. ¿Cómo era ser periodista en la RDA? ¿Había mucha censura y represión?

Yo aprobaba la RDA, pero no a ciegas. Había gente dogmática, arribistas e idiotas a todos los niveles. Durante el período en la RDA me encontré dos elementos: los progresistas y los estúpidos. Me acostumbré a ello.

En 1956, después de que Kruschev pronunciara su discurso sobre Stalin, hubo muchas discusiones y desencuentros, En la escuela de periodismo teníamos un periódico estudiantil siempre lleno de artículos críticos. Entonces llegaron los acontecimientos de Hungría. Los soviéticos se asustaron mucho y empezaron a ajustar las tuercas. El siguiente número fue muy dócil. Había etapas en las que todo era más abierto, pero nunca al 100 por ciento. En 1964 se publicó una serie de novelas muy buenas, y muy críticas. Entonces, a finales de 1965, Kruschev salió de escena y Brezhnev les ajustó las tuercas aún más a un montón de gente. Prohibió 11 películas y las dejó fuera de circulación. Posteriormente las cosas volvieron a relajarse, pero los acontecimientos en Checoslovaquia en 1968 provocaron que se volvieran a endurecer.

La gente con la que yo sentía más afinidad en general aprobaba el socialismo y la RDA como un estado antifascista, con seguridad económica para todos. Vi todas las cosas que no se ven en Estados Unidos: atención médica, educación gratuita, cuidado infantil, seguridad laboral. Al mismo tiempo pude ver que eran incapaces de convencer del sistema soviético a su propia gente. Los líderes eran una mezcla de arribistas y dogmáticos que no perdían tiempo en calificar de enemigo a cualquiera que les criticara. Alejaron innecesariamente a la gente.

En occidente eran más listos. Allí aprendieron a vender no sólo pasta de dientes, sino también política. En la RDA nunca aprendieron a hacer esto. Seguían anclados en los años 30, con todos sus dogmatismos. Hubo gente que intentó por todos los medios romper con eso. A menudo se hacían corresponsales en el extranjero.

En años posteriores tuvo acceso a los archivos sobre usted de la Stasi [el servicio secreto de la RDA] y del FBI. ¿Quiénes tenían mejor ficha?

Sí, he visto ambas, y estoy pensando en escribir un libro comparándolas. En América, durante la 2ª Guerra Mundial, si oías algo sobre los nazis informabas de ello al FBI. En los años que siguieron había que informar de los comunistas. El FBI tenía informes de cosas que yo dije durante un picnic. Ahora se trata de los musulmanes.

La Stasi también me vigiló, obviamente. En mis conferencias solía mostrarme crítico de forma muy abierta con las cosas que no me gustaban, y esto no era algo nada habitual. Así que me siguieron la pista. Al cabo de un tiempo me convencí de que no me quitaban el ojo de encima. Esta clase de cosas estaban muy extendidas, más en la Alemania del Este que en EE.UU, pero también pasaba en Estados Unidos, y con toda seguridad en Alemania Occidental. Sucede en todos los países, sobre todo si el país en cuestión se siente amenazado.

Habiendo vivido en propia carne el McCarthysmo, el Estalinismo, el glasnost, y ahora el capitalismo de la era post-soviética, ¿cómo compara todas ellas? ¿Es el socialismo una posibilidad ideológica todavía viable de cara al futuro?

Sigo creyendo que tiene que haber una respuesta socialista. El capitalismo simplemente no funciona. El hueco entre los muy ricos y todos los demás no deja de aumentar. Pero cuando llega una crisis realmente grande, no hay un partido que se ponga a la cabeza de las cosas como los viejos partidos comunistas trataban de hacer. Al mismo tiempo, el peligro es que cuando se llega al punto de crisis, si no hay una izquierda fuerte, entonces la que da un paso al frente es la extrema derecha, como pasó aquí en 1933.

Ahora está creciendo en Alemania un movimiento neofascista. ¿Le preocupa esto?

Yo creo que está diseñado así. A muchos de nuestros líderes políticos puede que no le gusten estos nazis, pero creo que los están manteniendo en reserva con la idea de que mejor ellos que la izquierda. Como en España: mejor Franco que el Frente Popular. En la antigua Alemania del Este tienen aún más poder. Hay zonas enteras en las que un extranjero o una persona de piel oscura no puede ir, y eso incluye partes de Berlín. Creo que el gran peligro es que las cosas vuelven a girar hacia la derecha.

Sé que no viviré para ver más cambios radicales. Pero me alegro cada vez que veo algo como lo que hubo en la plaza Tahrir, o los Indignados en España, o el movimiento Occupy. Espero que veamos algo parecido en Alemania.

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