Las feministas que defienden la opresión de la mujer

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Juan Manuel Olarieta
Desde hace décadas los escritos de la feminista Christine Delphy son de una lucidez tan sorprendente que pasarán desapercibidos, sin duda alguna. Su última obra “Separate and Dominate: Feminism and Racism After the War on Terror” tiene todos los ingredientes para asestar el tiro de gracia a ese feminismo burgués, ramplón, que nos traen desde las facultades estadounidenses de sociología. Un aperitivo se pudo leer el otro día en el diario británico The Guardian (*).

El tema lleva los peores ingredientes imaginables, islamismo y feminismo, cocinados en un país como Francia, donde la laicidad es una religión. Es un asunto del que en España no se puede hablar porque aquí nunca hemos degustado lo que es un Estado democrático. La cosa es aún peor en esa fauna atea empeñada en una guerra de ideas. Sólo de ideas. Se trata de quienes rechazan las religiones (todas ellas por igual) y la gente religiosa… por sus ideas. No se trata de criticar, porque para criticar hay que saber. Para criticar una religión hay que saber lo que es una religión. El rechazo simplifica mucho las cosas.

Por el contrario, los vínculos de una República laica, como Francia, con la religión son apasionantes, el escenario perfecto, y Delphy lo desmenuza con una sencillez asombrosa, remontándose a los viejos tiempos de Napoleón, cuando los sacerdotes (reverendos y rabinos) se convirtieron en funcionarios a sueldo de la República laica, hasta 1905 cuando todos ellos (sacerdotes, reverendos y rabinos) se tuvieron que buscar las habichuelas por sí mismos, para acabar con la islamofobia presente, plasmada en la ley de 2004, que prohíbe a las musulmanas acudir a la escuela con el fulard o “hijab”, reconvertido por la jerga periodística en el “velo islámico”, símbolo de la opresión de la mujer, en general, de la mujer islámica en particular.

La polémica sobre el “hijab” forma parte de algo mucho más general: la incompatibilidad del islam con el progreso, la democracia, los derechos humanos, la tolerancia, la civilización (“occidental”), etc. El islam, una religión, se transmuta en algo bastante diferente, nacional, el mundo árabe, que pasa a ser racial cuando desprecia a los moros, es decir, a los de piel morena, los que son casi negros…

La salsa que adereza ese indigesto plato es el miedo, que es siempre el reverso de la ignorancia: aquello que desconocemos nos desconcierta y nos produce miedo pero, al mismo tiempo, nuestra cultura está tan impregnada de fascismo que nos impide aprender para superarlo. Entonces el islam es un sinónimo de riesgo, amenaza, peligro, fanatismo, yihadismo… El fascismo y el miedo nos dictan que el islam es una religión que va a acabar con nuestra identidad para convertirnos en otra cosa distinta de la que somos.

Pero el castellano tiene 4.000 palabras de origen árabe. Un país como España ha sido islámico durante siete siglos, más tiempo que cristiano… ¿A qué hay que tener miedo?, ¿a unas ideas religiosas?

España permanece fiel a sus esencias desde los tiempos de la expulsión de los moriscos, “el acto más bárbaro de la historia del hombre”, escribió Richelieu, que era un cardenal cristiano. España ya era islamófoba en el siglo XVI. No necesita recibir lecciones de nadie. Pero Francia es distinta. En Francia la laicidad ha dejado de ser un principio democrático para convertirse en su contrario.

Los profesores de derecho también engañan a sus alumnos. La libertad religiosa significa que el Estado no interviene en la religión, ni la religión en el Estado. Significa también que todas las creencias tienen el mismo derecho a expresarse. Finalmente, significa que entre (o mejor, contra) las múltiples creencias religiosas está su opuesto: el ateísmo. Para criticar y luchar contra las religiones hay que dejar que se expresen y se manifiesten como tales, como lo que son.

Pero, como expone sutilmente Delphy, la laicidad se ha reinterpretado en Francia para reducir la religión al ámbito privado, según esa típica escisión burguesa entre lo público y lo privado. La religión es algo privado. Si las musulmanas quieren ponerse un “hijab” en la cabeza, que lo hagan dentro de su casa, pero no en la escuela. Se pueden expresar si llevan el pelo de color azul, cresta, o coleta, se ponen trenzas o rastas, o pendientes de aro, o zapatos de tacón alto, o se pintan los labios, o se maquillan las pestañas… Cualquier cosa menos el maldito “velo” porque eso, a diferencia de lo otro, forma parte de lo más íntimo.

Por eso, si una mujer musulmana quiere llevar su “velo” no lo puede hacer en la escuela; debe quedarse en su casa. Eso es lo que el movimiento “feminista” francés ha vendido como progresista para la mujer, un movimiento que, por su naturaleza burguesa, siempre tiene la palabra “igualdad” en la boca.

Pero las “feministas” no esperaron a la ley de 2004. Muchos años antes en sus reuniones no aceptaban mujeres que portaran fulard porque lo reconvirtieron en un “símbolo de opresión” y porque ese tipo de mujeres -y sólo ellas, al parecer- choca con la manera en la que ellas entienden su “feminismo” de pacotilla. Por alguna razón -no bien explicada- “feminismo” e islam eran incompatibles. Más bien, el islam es el enemigo de “la mujer” (tal y como el feminismo burgués entiende a “la mujer”).

Para justificar lo injustificable, continúa Delphy, las “feministas” argumentan que las jóvenes llevan el fulard obligadas por sus maridos, sus padres o sus hermanos y el remedio a tal imposición está en que se queden en casa con sus maridos, sus padres o sus hermanos… fregando, limpiando y planchando, en lugar de estudiando y leyendo.

¿Están oprimidas las mujeres que llevan un fulard en la cabeza? ¡Naturalmente! Pero, ¿es el fulard lo que las oprime? ¡No! Las oprime el capitalismo, las oprime el colonialismo, las oprime el racismo… Las oprimen muchas cosas, incluida su religión, el islam. ¡Naturalmente! Pero de la misma manera que algunos están empeñados en una guerra contra ideas (que desconocen), otros y otras lo convierten en una guerra contra los símbolos y los emblemas: molinos de viento, en definitiva. Confunden el significante con el significado.

En Francia la batalla contra el “hijab” puso de manifiesto que el feminismo burgués no lucha contra la opresión sino que forma parte de ella. No es nada distinto a ella. Por eso, la represión del fulard ha logrado lo que se proponía: ahora se ven más mujeres con la cabeza cubierta que nunca, e incluso con el rostro completamente tapado.

Es posible que con sus tonterías los cretinos distraigan la atención. Pero la burguesía sabe lo que tiene entre manos. No lucha contra molinos de viento. El objetivo de la burguesía francesa nunca fue el de impedir el porte del “velo” por las mujeres musulmanas en la escuela, sino extender su uso en todas partes. La burguesía francesa ha logrado que lo que las feministas calificaban como un signo de opresión se haya convertido en su contrario: en un signo de defensa de la propia identidad. El ataque a una parte de la población más oprimida la ha arrojado en brazos de la religión y del fanatismo.

Objetivo cumplido. Todo gracias al feminismo burgués, que es un racismo que se viste con los ropajes de la secularización, del progreso… e incluso de la liberación de “la mujer” (tal y como la burguesía entiende a “la mujer”).

(*) Christine Delphy, Feminists are failing Muslim women by supporting racist French laws, 20 de julio, http://www.theguardian.com/lifeandstyle/womens-blog/2015/jul/20/france-feminism-hijab-ban-muslim-women
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