Del libro de Eva Forest “Diez años de tortura y democracia”, de 1987

torturabarra

 

“Es el testimonio de ocho mujeres que en octubre de 1977 -después de las elecciones y en pleno auge «democrático»- fueron torturadas junto con otros compañeros: catorce en total. La detención se produjo en una pequeña ciudad del Mediterráneo. Unos militantes del PCE(r) se habían dado cita un fin de semana en Alicante para celebrar una reunión de partido. Alguno había asistido a ella con sus hijos de corta edad. A primera vista el documento no se diferencia mucho de otros que hace años habían pasado por nuestras manos, pero hay algunos detalles… conviene situar la escena.
De pronto, una madrugada, la Policía irrumpe con gran escándalo en el domicilio en donde se albergan. Entre gritos de «cuidado que puede estallar», «hay explosivos», «corre peligro la casa» y frases parecidas, más de cien antidisturbios, fabulosamente equipados, como marcianos, rodean el edificio, lo cercan, lo asaltan como si fuera una fortaleza… Profiriendo aullidos y toda clase de insultos, arrojando botes de humo y pelotas de goma, penetran en su interior y reducen a la gente. Desnudos, medio asfixiados, con los niños llorando de terror, los sobresaltados inquilinos son violentamente empujados y acorralados contra la pared. Sin darles tiempo a vestirse siquiera, tal cual han salido de la cama, se los esposa, se les venda los ojos, se los encapucha, se los arroja al suelo, se les encañona en los riñones, en la sien, con una metralleta que se carga y descarga provocadoramente, se les pone el pie encima apretando la bota, como si se tratara de una proeza en una cacería: que no se muevan, que no intenten nada, que se los liquida. Ha ocurrido todo en un santiamén, ha sido una operación relámpago, un alarde de eficacia que nos recuerda mucho los métodos de algunos «cuerpos especializados» que actúan en la Europa de los Estados Fuertes —¿altas técnicas aprendidas acaso en Alemania? Por entre los sofisticados invasores van apareciendo, aquí y allá, de paisano, conocidos funcionarios de la antigua Brigada de Investigación Social que, ahora, ya se denominan de otra manera. Pistola en mano dirigen la operación y se hacen cargo de los niños para entregarlos a los familiares.
Fuera, la alarma es general. Los gritos que han precedido y acompañado la acción han puesto en guardia a la gente. Pese a que luego se demostrará que era una casa en la que no había armas, ni objetos que se pudieran considerar agresivos, ni tan siquiera propaganda, las frases dichas en el momento oportuno han surtido su efecto. Se murmura en voz baja que se trata de «terroristas», se piensa que hay bombas, se teme que algo pueda estallar… Los más curiosos se asoman con cuidado y observan a distancia. La mayoría escucha con miedo detrás de las ventanas. No estaban acostumbrados a una cosa así, parece muy grave. Nadie se atreve a intervenir.
Se trata precisamente de eso. Y de crear un clima y dar la imagen del terrorista. Presentarlo como el peor de los delincuentes: si al delincuente se lo margina, al terrorista con más razón, puesto que constituye una amenaza para la sociedad, un peligro para el orden y la buena convivencia. Todo lo que se haga por eliminarlo está justificado: se lo persigue como a un perro, se lo caza, se lo abate a tiros si es preciso, se celebra su muerte (lo hemos visto recientemente en Durango). Es una lección que el pacífico ciudadano que observa deberá fijar en su memoria: Los policías lo defienden, son sus aliados. Es también un buen ejemplo de lo que puede ocurrirle al que se desmanda del camino… «Mejor no intervenir», se dirá el buen ciudadano mientras observa cómo a culatazos introducen a los peligrosos terroristas en el coche celular. El fabuloso plan elaborado en la sombra está en marcha. Los primeros reflejos condicionados han empezado a funcionar.
En los furgones, amontonados como ganado, los detenidos son llevados a la Comisaría más próxima en donde los ficharán. «Cuando me quitaron la venda de los ojos para fotografiarme -dice Encarna- el espectáculo que vi era dantesco: los que me llevaban agarrada iban de paisano con unos cascos especiales que les cubría completamente la cara, y el fotógrafo se la cubría también con un. pañuelo, al estilo cuatrero. Yo no hacía nada y ellos, sin embargo, me sujetaban como si fuera una bestia enfurecida. Después volvieron a vendarme y encapucharme»… Se protegen, no quieren ser individualizados, tienen miedo, deben de cuidarse más que en etapas anteriores.
Portada del libro de Eva Forest.
Mientras esperan los amarran a las rejas como fieras, les echan mantas por encima para que no distingan al que profiere las amenazas, de dónde vienen los empujones. De allí irán a Madrid: un viaje inenarrable, una aparatosa caravana que cruza veloz los pueblos y deja un reguero de comentarios. ¿Cómo transmitir el pánico del que viaja encapuchado sin saber a dónde va, zarandeado en las curvas, golpeándose contra objetos que no ve? «Emprendimos el viaje a Madrid con las sirenas puestas y a toda velocidad —dice Isabel. El coche en el que yo viajaba, a causa de esto, chocó con otro. Es imposible describir aquí los momentos de angustia que se pasan cuando, esposada, la cabeza tapada y los cañones de las metralletas en los riñones, se sufre un accidente». Pero esto no tiene ninguna importancia dentro del contexto general y de los métodos al uso: no es más que un traslado, algo normal en un trámite de este tipo. Si al señor juez se le denunciara se quedaría estupefacto de tanta osadía. «Es que ustedes, los terroristas, le buscan punta a todo».
En la DGS fueron sometidos a un largo interrogatorio muy en el nuevo estilo. Si exceptuamos algunos empujones, algunas amenazas, algunas burlas y groserías propias de la costumbre, el trato fue muy distinto de lo que cabía esperar. «Casi nos sorprendió que nos bajaran al sótano sin más y que nos llevaran luego tan pronto al Palacio de Justicia». Efectivamente, dentro del tiempo reglamentario pasaron a disposición del juez -que, dicho sea de paso, es también el mismo que interrogaba durante la dictadura, pese a que ahora su tribunal se llama de otra manera-, el cual se preocupó mucho por conocer el trato que habían recibido y al ser informado de que había sido correcto, se esmeró en dejar constancia de ello y les hizo firmar un papel conforme no les habían practicado tortura alguna, tras lo cual, leídas por encima las declaraciones prestadas a la Policía y formulada alguna rutinaria pregunta, dijo que todo aquello no era nada «convincente» y que se veía obligado a devolverlos a la DGS para «esclarecer puntos oscuros».
«Al llegar de nuevo a la casa del terror -sigue el testimonio-, la Policía nos recibió con grandes carcajadas: “¿Qué os ha parecido el paripé? Ahora ya podemos hacer con vosotros lo que queramos. Podemos reteneros aquí tanto tiempo como sea necesario, todos los partidos de las Cortes nos apoyan. Nos han dado carta blanca para que hagamos lo que nos venga en gana con los terroristas”. Y así empezaron a torturarnos».
Imagino la escena: ese instante de desolación infinita, de impotencia y cólera a la vez, en que la víctima, atrapada en la ratonera, comprende la magnitud del escarnio, el alcance de la general complicidad, el significado real de los llamados cambios. Ese momento en que, arrojado a las simas más profundas, sin escapatoria posible y a merced del verdugo, se da cuenta con horror de que son los instantes previos a la ejecución, los últimos quizá, y tienen la certeza de que nunca se podrá verificar lo que allí ocurra. ¿No sería algo parecido lo que una madrugada sintieron los «suicidados» de la cárcel de Stannheim?
De este documento lo que menos me preocupa son las torturas que describe. Hay algo mucho más grave que el «pato», la «rueda», las costillas rotas, la brecha en la cabeza que sangra o la mano de Fernando Chomón atravesada por un soplete de soldador… Es esa nueva manera de enfocar el asunto, ese ponerse al día con las nuevas exigencias, acorde con los democráticos tiempos. Lo del paripé me obsesiona. Es como ver de pronto el futuro que se nos avecina y no poderlo parar. ¿Cómo dar el aviso?
Dibujo. “Aniquiladlos! Aún piensan!”. (torturado en un taburete)
Esa comedia grotesca en el foco del horror. Ese esperpéntico teatro que le representan a la víctima para mostrarle con regodeo lo que pueden hacer con las leyes y los reglamentos. Esa descarada burla de sus propias Instituciones que sólo es posible -y eso es lo inquietante- desde una situación de fuerza, del que se sabe consentido, autorizado. Esa nueva situación «democrática» desde la que el respetable Juez, como cosa previa a todo, se interesa vivamente por los posibles malos tratos a sabiendas de que no los ha habido, mientras que una semana después, cuando de nuevo comparece la víctima con el cuerpo castigado por las visibles huellas de los hematomas, con el ojo desfigurado, convertido en voluminoso globo que amenaza con perder la visión, se negará a recoger la denuncia bajo el pretexto de que «ese trámite ya se hizo en su momento».
Ese continuo actuar desde el «prestigio» que le confiere la «honorable profesión» o el «importantísimo cargo» que no admiten dudas sobre el comportamiento de quien los ostenta, porque en cualquier momento puede echar mano del código, de la disposición, de tal o cual artículo… Todo en regla, como se ve, sin fallo alguno: lo dispuesto… Esa escrupulosa meticulosidad en hacer como que creen las leyes de las que se mofan… Esa especie de institucionalización de la mafia y del crimen camuflado bajo los más disparatados nombres —el eufemismo de las palabras— y que es tal vez lo más característico de esta nueva etapa, que muy bien pudiera llamarse de cinismo. Esta nueva etapa en la que el verdugo, formalmente a cubierto, eliminadas huellas y testigos que lo delaten, puede soltar estruendosas carcajadas mientras tortura y diez minutos más tarde, en su despacho, mostrar extrañeza a sus interlocutores, indignación si es preciso, y hasta cólera amenazante si alguien osara insinuar la acusación: «¿Cómo? ¿Qué me dice usted? No es posible… ¿Cómo pueden dar crédito a semejantes calumnias? Habrán sido ellos, ellos mismos, los terroristas, para su propaganda… Se revientan los pies, se echan por los huecos de las escaleras para decir que les torturamos y desprestigiamos… Ellos mismos, que se nos arrojan por las ventanas o se nos pegan tiros en la nuca, o se nos ahorcan como esos alemanes de Stuttgart». («0 como ahora, en Aldapeta, ese tiro salido de los propios manifestantes, sobre lo que habrá que abrir, naturalmente, una investigación…»)
Es estar asistiendo a la negación de la evidencia y no poder intervenir demostrando lo contrario. Tendrían el cuchillo ensangrentado en la mano y dirían con una beatífica sonrisa que se estaban limpiando las uñas. Espantosa historia de terror de la que ni casi nos damos cuenta. El terror al Poder controlándolo todo -¿terrorismo de Estado del que tan peligroso es hablar?-, actuando desde sus múltiples e imperceptibles ramificaciones. Un infernal aparato que vela por los intereses del gran capital, que ya no sólo rezuma sangre como en los primeros tiempos sino que ahora, además, desintegra hombres para convertirlos en robots a su servicio. «No queríais democracia -le gritaban a Isabel mientras interrogaban a su compañero en la celda contigua-. Oye los gritos de tu marido: ésa es nuestra democracia, que vengan los parlamentarios a sacaros».
¿En dónde estamos? ¿De qué democracia se nos habla? ¿Qué clase de cambio es el que se está produciendo? ¿Quién es ese Juez que se niega a recoger la tortura evidente aduciendo haberlo hecho ya y que de una manera tan activa colabora para que todo siga igual? ¿Quiénes son esos policías que en el momento de desencajar la mandíbula dicen: «Yo, la democracia me la paso por los cojones», con la gran seguridad que confiere el sentirse respaldado, y que hasta se atreven -una burla más- a esgrimir a la oposición parlamentaria como un apoyo? Esos funcionarios de prisiones que asesinan en la recóndita celda de los condenados a muerte al anarquista Agustín Rueda ¿de dónde proceden? ¿quiénes son?
Son los mismos que antes, tristemente conocidos por su largo historial de represión. Los nombres y los apellidos de algunos vienen reseñados en el documento, pero hay muchos más. Los mismos jueces, los mismos funcionarios… Los mismos sólo que de otra manera: se han maquillado para el gran paripé.”
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